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La decadencia de los cines porno.

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Hay cines a los que no se va a ver una película. Martín entra con un compañero al Cine Once Plus, frente a la plaza Miserere. Por fuera, ningún cartel que lo identifique. El boca a boca o Internet son los modos de enterarse de la existencia de este lugar donde se deambula a la luz de una pantalla en busca de un roce erótico.

La entrada al cine es una puerta angosta. A las seis de la tarde de un jueves hay cuatro hombres parados, uno de ellos retira su bolso del guardarropa. Se saludan, bromean, habita aquí la confianza de la cotidianeidad. La caja donde se paga la entrada tiene vidrios polarizados. Una voz ofrece las plateas, que cuestan 50 pesos. En una especie de hall por donde pasan hay tres sillones y un televisor que transmite un partido de fútbol para nadie.
Al avanzar por el pasillo el acomodador les explica que hay una sala heterosexual en planta baja y otra gay en el primer piso; señala una escalera. Deciden entran a la primera y se quedan unos minutos de pie, expectantes. Martín y su colega, dos etnógrafos entrenados, están como observadores para un proyecto de investigación de la asociación civil Nexo, que intenta pensar el escenario en el que se podrían realizar campañas de prevención de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual.
Hay unas veinte personas en la sala, algunas sentadas en las butacas y otras paradas cerca de la puerta. Ellos se sientan juntos. La película que se proyecta tiene como protagonistas a varones y mujeres. Los espectadores son todos hombres, con excepción de una travesti.
Desde las butacas que ellos ocupan pueden ver a los hombres sentados en las filas de adelante. Uno de algo menos de 30 años y pelo largo está solo y otro, de unos 45, se le acerca a hablar y luego se sienta a su lado. Mientras conversa le mira la entrepierna; unos minutos después lo masturba, se levanta y sale.


Varias escenas como éstas se repiten el rato que permanecen en la sala. También están quienes sólo se mantienen sentados mirando la película, ajenos a lo demás, pero son los menos. En paralelo está el constante movimiento de siluetas en la penumbra del cine, como a la caza. En la sala gay el escenario es parecido: en general las personas están solas en sus butacas y hay quienes se les acercan para intentar algún encuentro íntimo.





[caption id="attachment_7840" align="alignright" width="300"]El cine Edén, en Recoleta.Foto:Fernando Massobrio El cine Edén, en Recoleta.Foto:Fernando Massobrio[/caption]

La escalera y el baño son lugares casi tan concurridos como las salas. Usadas para desplazarse entre los pisos del cine, las escaleras funcionan como espacios de levante. El único baño a la vista -no se ve uno para mujeres- también se usa para mantener relaciones sexuales



La escalera y el baño son lugares casi tan concurridos como las salas. Usadas para desplazarse entre los pisos del cine, las escaleras funcionan como espacios de levante. El único baño a la vista -no se ve uno para mujeres- también se usa para mantener relaciones sexuales: con frecuencia de un box salen dos hombres juntos, en el suelo hay sobres de preservativos abiertos. Un cartel anuncia que el acomodador es el encargado de proveer profilácticos al que los pida cuando ya no queden en el dispenser del baño.


Lejos de la época dorada del cine porno en la ciudad, el Once Plus es uno de los pocos triple x que sobrevive. También está en la zona del centro el Ideal, uno de los más renombrados; por Palermo, en plena Avenida Santa Fe, el Edén y, en Recoleta, el Box Cinema; subsisten, además, el Nueva Victoria, en el barrio de Monserrat; el ABC, en San Nicolás y el Cine popular Ecuador, en Balvanera.


El gobierno porteño, entre sus inspecciones, registra una clausura del Nueva Victoria en abril de este año por falta de seguridad en la sala. Hacía un año también lo habían cerrado por desvirtuar el rubro: el subsuelo se utilizaba para que los clientes mantuvieran relaciones sexuales. El año pasado corrieron la misma suerte los cines Ideal, ABC, Popular Ecuador y Micro Once. Las razones fueron: no incluir tratamiento ignífugo en las butacas, se encontraron profilácticos usados en las distintas salas, falta de higiene generalizada, cables expuestos, desprendimiento de cielorraso, entre otros.




[caption id="attachment_7819" align="alignright" width="300"]Cine Ideal El cine Ideal, uno de los más prósperos.Foto:Fernando Massobrio[/caption]

En el libro La historia de la homosexualidad en la Argentina, Osvaldo Bazán documenta la época de esplendor de las salas condicionadas. "Hacia el año 1959, Lavalle, entre Carlos Pellegrini y San Martín, era un Suburra al revés. Todo el mundo giraba alrededor de los centros de diversión ubicados entonces en las salas cinematográficas", escribe Bazán. Cita como históricos en el centro al Princesa (en Suipacha y Lavalle), por Corrientes recuerda un circuito que comenzaba en el Rotary, de Corrientes y Florida, seguía por el Mundial, de Corrientes y Carlos Pellegrini, y culminaba con el Lux y el Eclair, de Corrientes 1428. Y también había otros por fuera del centro, como el Armonía, de la avenida Rivadavia a una cuadra de la plaza Once; y el Pablo Podestá, de Rioja y Caseros, además del Jorge Newbery, en Constitución.


Algo de aquel esquema permanece: los cines que resistieron están abiertos desde el mediodía hasta la madrugada, las entradas cuestan entre 50 y 70 pesos, y se localizan en los mismos lugares estratégicos: en el microcentro, donde van en su mayoría oficinistas que trabajan en la zona; en Palermo-Recoleta, frecuentados más por un público gay de clase media; y alguno cerca de una estación de tren, donde es habitual encontrar trabajadores que pasan por allí antes de partir a sus casas. Como parte de la observación, Martín ve que alrededor de las 20 uno de los hombres que estaba en el Once Plus se dirige a tomar el colectivo 32 en plaza Miserere, camino a Pompeya.


El sociólogo y doctor de la UBA en Ciencias Sociales, experto en temas de sexualidad Ernesto Meccia dice que hablar de cine porno en Buenos Aires es remitirse al pasado. "Esa forma de ver porno está en completa decadencia, casi en desuso", dice. Busca una imagen para reflejarlo mejor: "Allí dentro hay olor a aire estancado, a tiempo detenido". Y desaconseja a esta cronista enfáticamente vivir esa experiencia. "No te sentirías cómoda. Uno ahí circula por el lugar, es todo muy fluido, muy barroco, muy libidinal en el mejor de los sentidos". Y remata: "En algunos, da asco entrar".




cineEl sociólogo y doctor de la UBA en Ciencias Sociales, experto en temas de sexualidad Ernesto Meccia dice que hablar de cine porno en Buenos Aires es remitirse al pasado. "Esa forma de ver porno está en completa decadencia, casi en desuso", dice. "Allí dentro hay olor a aire estancado, a tiempo detenido".


Meccia habla desde la teoría y desde la práctica. Desde joven frecuenta esos lugares y recuerda el momento en que fueron mutando de sitios heterosexuales a otros de encuentro gay. "Incluso durante el período militar, los cines más marginales fueron ocupados por homosexuales que se apropiaban de ese lugar, lo resignificaban y explotaban para su propio placer y goce", resume. Por entonces, la homosexualidad era sinónimo de clandestino, "muy de catacumba". Después del regreso de la democracia y, con más fuerza en la década del 90, abrieron cines que proyectaban sólo películas gays y los cines porno tradicionales sumaron una sala de películas homosexuales a su oferta. Este público era cada vez más numeroso.

En la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), una organización pionera en la defensa de los derechos LGBT, recuerdan aquellas épocas en las que los cines de Buenos Aires eran lugares concurridos, espacios nodales para conocerse. El presidente de la CHA, César Cigliutti, contrasta: "Ahora los cines están en decadencia". También se refiere a otros cambios cuando habla de las razias que, amparadas en edictos vigentes aún en democracia, ejecutaba la policía en los cines.


"Los primeros cines porno eran lugares de resistencia de nuestra comunidad. Siempre los defendimos y los reivindicamos por lo que sucede ahí adentro", dice. En la época de las persecuciones les tocó ir a sacar gente de la comisaría; cuando eso cesó se ocuparon de las campañas de concientización contra el VIH. Cigliutti agrega, como desafiando un tabú: "El ejercicio de la sexualidad no es algo malo, muy por el contrario".


Pero Internet llegó para cambiarlo todo. Youporn, Poringa!, Redtube, Jodenet son sólo algunos de los sitios que ofrecen páginas y páginas de pornografía del siglo XXI. Las estadísticas referidas a cuánta pornografía se consume en Internet son variadas: suele citarse un informe de la firma Optenet de 2010, que señala que el 37% de Internet está compuesto de material pornográfico; y una investigación más reciente, mencionada en el último libro de Caitlin Moran, refiere que el 12% de la web es pornografía (4,2 millones de sitios, 28.000 personas mirando porno cada segundo). Esta disponibilidad, en muchos casos gratuita, repercute en las salas.




pornoEl histórico director y actor de cine porno argentino Víctor Maytlan, resume: "El cine porno en las salas está en decadencia porque se dejó entrar mucho gay y porque se puede ligar adentro del cine". A este combo se le suma Internet: "El porno es como el agua corriente, ya está disponible gratis, nadie lo quiere pagar. Internet nos acostumbró a eso".


El histórico director y actor de cine porno argentino Víctor Maytlan, resume: "El cine porno en las salas está en decadencia porque se dejó entrar mucho gay y porque se puede ligar adentro del cine".


Maytlan, pionero del porno en la Argentina, desempolva sus verdades sobre este arte que conoce como a un hijo. También parece cuidarlo y amarlo como tal. Dice que en sus 25 años de carrera dirigió más de 250 películas condicionadas, la mitad de las cuales exportó a EE.UU. "Desde hace unos años todo lo que no sea Internet está en decadencia. Y no son sólo mis películas: en todo el mundo la caída de ventas del porno es del 95%", calcula.


Cuenta que cada año procura estrenar alguna película en Buenos Aires. Aclara que, para ese acontecimiento, sólo está disponible el cine Ideal. "Es el más próspero, prolijo, limpio. Los demás son cuevas", dispara. Los conoce a todos. Su último estreno fue Los porno Adams, en noviembre del año pasado. "Fue un éxito", dice. "Estuvo tres o cuatro semanas en cartel por la demanda". Este artista del porno aprovecha a aclarar que entre su público hay parejas y que "algunas mujeres quedan". Se siente con deseos de agregar: "Nadie se masturba en la sala con mis películas. Todas tienen argumento".


Para sostener ese ritmo de estrenos -ya prepara el policial porno Piratas del asfalto para este año- en las presentaciones vende una copia de la película a 30 pesos, como precio promoción. Acompaña los lanzamientos apoyado en la radio online Venus que acaba de inaugurar. "Yo hago esto porque me gusta. Me dediqué al porno, que muchos ven con sorna o descalifican, pero no es nada sucio ni oscuro. Somos artistas", dice. "Cuesta mantenerse, pero acá estamos. Esta es mi vida".


El director de cine Marcelo Briem Stamm, que dirigió películas eróticas, coincide en que Internet democratizó todo, para bien y para mal. "Hay muchas parejas a las que les gusta filmarse y subir eso a la web. Hay un gran consumo de eso y es gratis", dice. "Además, no bien sale una película en Hollywood al día siguiente ya está pirateada y disponible en una página porno y los usuarios que pagan una membresía, tipo Nexflix, la pueden ver y luego subirla gratis para todo el mundo".


Y enuncia una razón más que explica el desierto de las salas. "Hay muchos cineastas que incluyen más escenas de sexo en películas convencionales. Eso reemplaza lo que era el porno clásico de los 60 y 70. Se traspasaron algunas líneas divisorias", opina.


Por cómo evolucionan las sociedades, podría pensarse que la pornografía de hoy es el erotismo del mañana. Pero más allá de categorizaciones, el gran público del porno ya elige su computadora antes que el calor de una pantalla de cine. Ese ámbito está reservado, como lo definió Bazán, para "hacer el ajedrez", saltar de butaca en butaca buscando una mano cercana, una caricia en la oscuridad...con una película de fondo./Verónica Dema.

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