lunes, 19 de noviembre de 2018

Aquél #chongo divino del COPSA.

Por Fred_barbas - Todos hemos tenido alguna vez una obsesión platónica. La imagen de un tipo que nos acompaña y que aparece en diferentes momentos de nuestro día. Aquel hombre con el que coincidía en el bus a la salida del liceo nocturno de Medanos de Solymar se había vuelto una costumbre. A pesar de no haber cruzado una palabra con él, ya se había percatado de mi interés.




¿RELATO ERÓTICO?

Las miradas son un poderoso canal de comunicación a fin de cuentas. Así que un primer mensaje ya había circulado entre nosotros: también su respuesta en esa mirada de reprobación que me dedicó durante un segundo –tal vez durante una fracción de segundo, su negativa, aunque faltaba ver qué tipo de negativa era.

Podía significar varias cosas: temor razonable ante un desconocido, simple rechazo de un heterosexual, resistencia de un gay de clóset a aceptar su naturaleza, rechazo de un hetero al que se le ha movido el tapete al saberse deseado por otro hombre: en este último caso, me enorgullecería saber que fui yo quien despertara en semejante potro los pensamientos homosexuales. La posibilidad de hacer que un hetero descubra alternativas sexuales y canalizar yo esos impulsos… me excitaba bastante.

El tema era que a las 23:45 al salir del liceo yo tenía un asiento en el COPSA que decía parque del Plata y era porque él me lo guardaba. "Hola teacher, siéntese q usted viene agotado" me decía y era verdad.

"Gracias compañero", yo le respondía. Cierta tensión sexual había pero no hablábamos más que eso.

Por eso me decidí a escribirle aquellas palabras en las que le expresaba mi interés y le proporcionaba mis datos de contacto. Pasaron los días y no faltaron momentos en los que me recriminaba internamente por proceder con semejante ligereza, porque en efecto, los tiempos no están para andar jugando con desconocidos. Tal vez era yo quien se estaba exponiendo quien sabe a qué peligros. Pero luego, la siguiente vez que me lo encontraba en aquel ómnibus, me tranquilizaba su aspecto taciturno, su actitud de siempre: leyendo, escuchando música en sus audífonos (seguramente rock: más de una vez le había visto una mochila con el logotipo de La Vela Puerca), y levantando la mirada distraídamente hacia mi bulto o un roce de piernas o tocara de mano sin querer.

Hasta que hubo una respuesta. Escribió al e-mail que le puse en la nota. Me decía que quería hablar conmigo y que tenía tiempo el jueves, que no se bajaría en la plaza de la madre que se bajaba en la comisaría. Sus escuetas palabras me dejaron más preocupado que feliz, ¿cómo tomar ese mensaje? Me dije que tenía que terminar lo que había comenzado y le escribí para proponer lugar y hora: enfrente a la comisaría.

Llegado el día, poco me concentré en el trabajo, consultando el reloj decenas de veces, pensando en aquella extraña cita. Cuando llegué a la parada estaba muy nervioso. Subí y mire si estaba ahí. Su cara con una mandíbula muy pronunciada y sus ojos verdes me mataban de amor. Ese día me dijo lo mismo y me senté al lado. Al tipo lo notaba diferente mirándome con curiosidad y un asomo de sonrisa. Nos bajamos en la comisaría a dos cuadras de donde yo vivía en Atlántida en esas épocas. Las primeras palabras nos salieron forzadas, artificiales, hasta que abordé a quemarropa el asunto: tú sabes que me gustas, le dije, y si estás aquí es por algo muy concreto. A lo que él asintió y respondió con llana franqueza que sí, que sentía curiosidad, que era hetero aunque le parecía bien experimentar un poco…



Me dijo: tienes una hora para hacer lo que quieras. Y entonces me entregué, nos entregamos, a una relación de descubrimiento. Pues le fui indicando aquello que me daba placer y realizando esos pequeños actos sobre la piel, sobre los labios, con las manos, con la boca, antes de tener la tradicional relación, antes de conocerlo como hombre y de experimentar su potencia. No me digas tu nombre, le dije, si esto no pasa de un experimento, prefiero seguir sin saber cómo te llamas.

Me gustó ver su sonrisa de placer ante las caricias que le hacía en la espalda y en los glúteos, antes de que fuera mi turno, y luego oírlo decir que aquel dolor valía la pena, que se sentía a gusto. Luego, ya en el epílogo de la aventura, calmados los ánimos, abrazados y empernados  me lo dijo: supe cuál sería el nombre que evocaría y susurraría yo por las noches, antes de dormir, mientras esperaba otra llamada y otra oportunidad de tocar el paraíso.





Pasaron 5 años y me volví a Rocha. No le avise de mi mudanza. El reencuentro fue en una marcha de la diversidad en el McDonalds de 18 y Río Negro. Yo disfrazado de monja repartiendo condones para las Hermanas de la Perpetua Indulgencia del Uruguay y él con amigas.

"Yo puto y tu drag queen" -me dijo riéndose. "Pero me lavo la cara me saco el maquillaje y sigo siendo yo" le respondí.

Y ahí empezó otro capítulo de nuestra historia.

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