sábado, 23 de junio de 2012

El pelado del cine Victoria


Lo sabemos. En este circuito los nombres son totalmente falsos. Por eso no me molesto en pedir los nombres de los tipos que me transo y tampoco doy el mío. A lo sumo, me quedo con alguna seña particular como recuerdo. Tiempo atrás conté de un sordo. La semana pasada me tocó un pelado inolvidable.
 
El Victoria es el cine que más frecuento. Está a pocas cuadras de donde laburo. Es discreto, tranquilo. Lo frecuentan personas mayores, y muy mayores, pero en general todos con muy buena onda y siempre con ganas de algo, lo que dé.

Sabía que el jueves pasado saldría temprano del trabajo, así que lo tenía planeado. Todo preparado: bien bañado y perfumado, ropa práctica (boxer blanco, mi color favorito para la cuestión, jean ajustado que no necesita cinturón,  y camisa corta, para usar afuera del pantalón, con botones a presión que de un tirón se desprenden, como hacen los strippers con su ropa con abrojo. Antes de salir para allá, volví a desagotar el intestino y pasar por el bidet. Un touch más de perfume, caramelo para el aliento fresco y a la cacería.

Mientras caminaba esas pocas cuadras, me iba preparando mirando los tipos que me cruzaba, sus ojos, sus bocas, sus bultos, sus trastes. ¡Cuánto hombre espectacular anda suelto y desperdiciado por las calles porteñas! En un momento pasé junto a cuatro oficinistas con el atuendo característico y tan sugerente: camisa abierta dejando asomar el vello del pecho y esos pantalones de gabardina, pinzados, que tanto resaltan un buen culo a quien lo posee. ¡Quién pudiera estar en una orgía con esos cuatro!

Llegué. Saqué la entrada. Lo primero que siempre hago es ir al baño para alistarme y, sobre todo, acostumbrar la vista a la penumbra. Llegué a una hora tranquila y me fui a la sala hétero, que es la más cómoda para la acción. Además, las películas héteros siempre me resultan más interesantes. Los machos son machos de verdad: corpulentos, velludos, de mediana edad. (Los jovencitos flaquitos y lampiños de muchas de las pelis gays me aburren.) Hacía un par de meses que no iba. Me sorprendieron dos cosas. La eliminación de los boxes de chapa negra que había en el fondo, dejando un lugar amplio, con dos sillones largos. Y la calidad de la imagen y sonido de la película en ambas salas. (No sé si esto es por la definición del dvd o si han renovado el equipo.)



Me voy para el fondo. Me ubico sobre la entrada que da a un pequeño sector separado, para los que, como yo, buscan mayor intimidad. En la pantalla, dos sementales le estaban dando por todos lados a una rubia preciosa. De a ratos le sacaban sus trozos para que la cámara mostrara de cerca cómo le quedaban los agujeros a la mina.

Un par de tipos grandes, bastante grandes, revoloteaban. Pero ahí, por lo general, no te joden. Si no querés nada con ellos, te dejan tranquilo, sin romperte las bolas ni espantarte un candidato mejor. Uno grande, pero no tanto como los otros, con buena facha, se me puso al lado. Mi técnica es cruzar los brazos y esperar a ver para dónde me  manotea: la bragueta o el orto. Si me gusta, lo que busque se lo doy. El tipo se corrió un poco hacia atrás mío y empezó a tocarme el culo. O sea, yo entonces voy a su bulto. Me llevó al espacio cerrado del fondo. No había nadie. La lucecita roja sobre el cartel de “salida” iluminaba tenuemente. Le calculé unos cincuenta años, morochón, de mi altura, pero con un cuerpo bien firme. Más lo tanteé, más me convencí; sin duda iba al gym. Camisas abiertas, y pantalones y calzoncillos abajo para los dos, franeleamos un buen rato, besándonos y pasando la lengua por buena parte de nuestros cuerpos. El tipo recién llegaba y no tenía ganas todavía de acabar. Fue, digamos, un aperitivo. “Después te veo”, me dijo. “Dale”, le respondí. Pero creo que para empezar ya estaba. No había necesidad de una segunda vuelta, así que no íbamos a volver a buscarnos.

Me fui a la sala gay. La película, como dije, excelente en definición, pero un verdadero embole. Parecía brasilera; una fantasía en la que a jóvenes solitarios se les aparecían por arte de magia otros desnudos y empezaban a coger. Pocos tipos en las butacas. Alguno dormido, otro pajeándose tímidamente, dos viejos sentados juntos y hablando. Volví a la otra sala, previo paso por el baño, por si había pique allí.

Me ubiqué en el mismo lugar, como diciendo: “Aquí estoy, disponible”. Un par de viejos revolotearon. Uno se acercó. Casi con vergüenza me preguntó: “Perdoná, ¿qué te gusta hacer?” Le contesté simplemente: “Lo que dé”, pero de un modo que significaba: “No lo tomes a mal, pero no sos mi tipo.”

Poco después se acercó el pelado. Tenía sus años, pero se veía también un buen cuerpo y vestido muy canchero, con jean y remera ajustada, todo en negro. Se fue al fondo de ese espacio y, de reojo, vi que peló el mango. Se ubicó de manera que el reflejo de la película lo iluminara. Este sí era para mí. Fui directo a morder el anzuelo.



La pija era tal como a mí me gusta. No muy grande, pero recta, bien derecha y pareja, sin venas sobresalientes. El prepucio corría de manera perfecta dejando a la vista la cabeza terminada en punta. Era un verdadero misil. Apenas una breve apretada inicial de cuerpos para enseguida, un poco llevado por él y mucho más por mi hambre de chota, me prendí a mamarlo. Una verdadera delicia. Sin forzar, de manera natural, me tomaba del pelo para empujar mi cabeza hacia él y hacerme tragar completamente su miembro. Le desabroché y bajé el pantalón. (Tipo detallista, hasta llevaba un calzoncillo bastante canchero.) Los huevos estaban en perfecta armonía con su asta. El tipo gozaba cuando me los metía en la boca. Para cambiar de posición, alternaba parándome para besarnos, que me chupara las tetillas, me acariciara los cantos, y volvía abajo. En un momento, se dio vuelta,  con las manos se abrió el culo a la altura de mi cara y me ofreció su orificio. Estaba perfecto. Se veía que recién había llegado y ninguna otra lengua había estado deslizándose por ahí. Sus gemidos atrajeron la atención de un par de espectadores que estaban cerca.

Me paré pensando en ponérsela yo, pero él tenía otra idea, que al final resultó mejor. Me dio vuelta, me hizo agachar apoyándome en el sillón. Su lengua tibia iba humedeciendo y relajando mi ano. Los tres tipos que se habían acercado, se ubicaron como para el ver el espectáculo, pero sin molestar. Mientras tanto, yo me imaginaba lo que vendría.

Se paró, se calzó un forro y, con cancha y cuidado, empezó a metérmela. Sabía hacer muy bien su trabajo. Su bombeo iba cobrando cada vez más fuerza. Se sentía delicioso. Yo gemía, en parte por el placer, en parte para divertir a los mirones. Me había dejado tanta saliva en el culo, que la verga se deslizaba a la perfección. De a ratos me la sacaba unos segundos, como para hacerme desear, y luego volvía al bombeo. De reojo veía como, sobre todo el más viejo de los que miraban, se ponía recaliente. No aguantó más y se acercó. “¿Te gusta?”, me preguntó. ¡Qué pregunta más estúpida! ¡Obvio! Tanteó por abajo, primero me manoteó mi verga y me pajeó un poco, después acarició mis bolas (lo que era un buen complemento a la cogida que estaba disfrutando), y tanteó lo que seguía. “¡La puta que la tenés toda adentro!”, dijo sorprendido. Parece que estos comentarios calentaron todavía más al pelado, que siguió dándome con más ganas. Volvió a acercárseme: “¿Te duele?”. A esta altura de mi vida tanta agua pasó bajo el puente (o tantas vergas me he comido) que, lo que se dice dolor es raro que sienta. Se dio vuelta a los otros que miraban un poco más lejos: “¡Cómo le está dando a este chabón!” Me dio una sensación como que me estuvieran grabando, pero no creo que fuera así. Los viejos no suelen andar con cámaras.

El pelado se cansó de bombear y me la sacó. Tiró el forro. Yo me di vuelta para chupársela, esperando recibir el manjar blanco en mi boca. Me quedé en cuatro patas, apuntando el culo abierto y humedecido hacia los mirones. Si querían ver, que vieran bien. El pelado no acabó. Me dijo que iba a descansar un poco. Beso de despedida. Acomodarse la ropa. Palmadita en el traste. Y se fue. Me quedé, haciéndome un poco el actor, como si estuviera exhausto. Había estado bueno, pero no era para tanto. Pero, ya que tenía público… El viejo volvió a hablarme: “Sí que la gozaste, ¡cómo te habrá quedado el orto!” De a uno se fueron.

Di vueltas un poco más. Alguna tocadita de bulto o culo, pero nada más. Miré un poco la película hétero. Pasó un rato. Hasta que el pelado volvió a buscarme. Pasó cerca mío, lanzándome una mirada para insinuarme que ahora sí quería definir.

El comienzo fue similar al anterior. Y lo que duró, fue más o menos lo mismo. El tipo estaba en una edad en que tardaba más en definir, cosa que me permitía a mí disfrutar mucho más. (No hay cosa más decepcionante que cuando te la entran toda y acaban al instante, casi sin que uno se diera por enterado.) 



Como ahora no teníamos gente observando, yo le decía algunas chanchadas que lo calentaban todavía más. El tipo, concentrado y en silencio, iba aumentando la fuerza y el ritmo del bombeo. Yo contribuía abriéndome todavía más los cantos con las manos y ayudando el movimiento. Tenía ganas de que me acabara en la boca, pero también tenía miedo que el cambio de posición lo desconcentrara y arruinara el final. Empezó a gemir. Yo respondía con gemidos que lo calentaban más. Sentía la chota cada vez más gruesa, hasta que el chorro hinchó la punta del forro adentro mío, a un grito del pelado. Un par de bombeos más, cada vez más espaciados, como para descargar hasta la última gota.

Como ya se me había hecho tarde y me tenía que ir, decidí descargar yo. Me quedé con el culo abierto para que el pelado jugara un poco más metiéndome sus dedos mientras yo me pajeaba hasta el clímax.

Limpiamos nuestras vergas con papel. Nos acomodamos la ropa. Ahora sí, un buen beso de despedida. La película hétero había vuelto a empezar y estaba en la escena con la que habíamos empezado al principio. La cámara mostrado la concha y el culo hiper dilatados de la rubia. Al salir, el pelado señaló la pantalla y, por primera vez, me habló. (Hasta ahora sólo habíamos intercambiado gemidos con él.) “El culo te quedó como el de esa puta.” No era para tanto, pero tampoco lo iba a desilusionar, después de todo el placer que me había dado.

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