sábado, 21 de abril de 2012

Incesto


Almodóvar ya se había quitado de la pantalla chica, la carne trémula ahora era la mía, y la él. Minutos antes yo había entrado a la ducha e intencionalmente para mi pecado dejé la puerta del cuarto de baño abierta.

Me dio miedo no correr la cortina de la ducha, sentí que era mucho atrevimiento y para tenerlo cerca le hablaba; así él tendría que quedarse al alcance de mi deseo. Salí del agua y me sequé despacio, ocultando con una bata la erección que me recordaba ser hijo del mismo diablo. Después fue su turno, inevitablemente el calor nos conducía al baño, entró a la regadera, corrió a mitad la cortina, despreocupado, confianzudo, familiar. Yo, fingiendo que me quitaba unos pelito de las cejas, con una pinza de depilar que está en el botiquín para que cualquier hetero que entre a mi casa sepa de inmediato que soy muy... ¡puto! Miré de reojo entre sus piernas morochas, macizas, velludas; y vi ahí un miembro parecido al mío, idéntico en tamaño pero más oscuro. Venoso, mojado. Una pija que se despertaba mientras él la tocaba. Morí de ganas de meterme ahí y de comérmelo como el lobo se comió a caperucita en el cuento.



Cuando salió del baño, urgente se puso un slip y más todavía (creo que sospechando mis pensamientos), se puso un short, que para ser sincero me calentaba más.

Yo tenía un slip negro y chiquito, que dejaba notar el miembro grande y más grande de a momentos por él, y marcaba mi culo como el de un joven fuerte, cuando me giraba a tomar una garra de naranja y Malbec, intencionalmente preparadas para la ocasión. Todo el tiempo me cuestioné qué hacer, porqué hacerlo, para qué. Mi novio no estaba en casa, de esta presa yo no me libraría nunca. ¡Nunca! para siempre estaría ligado a mí.

Lo inevitable sucedió. La habitación quedó a oscuras, su cuerpo y el mió uno al lado del otro, tirados, como muertos, mirando el techo sin decir una palabra, sin dar un indicio de nada de todo eso que sabíamos, iba a suceder. Podíamos oír nuestra respiración y yo podía oír todavía más, el pulso de su corazón.

Me abrazó en una escena mejor que la de Almodóvar, me abrazó como en una película de amor el galán abraza a su mujer antes de cogérsela. Él me estaba por coger, lo sabíamos. Aunque cuando yo comencé mi danza final sobre su histeria para emboscarlo y desarmarlo, rozándolo con la pija enorme y dura me dijo: -“¡NO! soy tu hermano”. Busqué tranquilizarlo. Quería resistírseme y si me evadía yo moriría de vergüenza. Continué lento, bien lento... dulce y deseoso de encontrar la pija de mi hermano para mí.

Le hice masajes. Confirmado, ¡son infalibles! Y lo toqué con aceite en las manos por toda la espalda, que cargaba una tarde entera y un sol dorado allí, y toqué sus nalgas duras como piedra, hambrientas y más allá sus piernas eternas de futbolero. Durante un largo tiempo estuvo así, de espalda y luego se volteó dándome el frente. Él se dejaba, le gustaba y mucho.

 La pija le explotó de golpe, no supo disimular nada, olvidó el parentesco y se dejó arrastrar por mi infierno. Con la boca le adoré la pija dura y dulce como el chocolate. Toda entera entraba en mi boca sin final. Toda mi ansiedad hecha baba corría por sus piernas y yo lo miraba y le decía: -"Mirá cómo te chupo todo entero". Y mi lengua como un demonio robaba su voluntad y la enfermaba. Se la arranqué con la boca. Todo su semen en mi pervertida cavidad bucal era jugo para ese enero tremendo de calor y de encierro.

Él seguía caliente, su verga no bajaba. Le dí mi costado para que me penetrase y lo hizo con fuerza, con entusiasmo. Me mordía la nuca, me besaba el cuello... ¿Pensaría en su mujer?, no lo sé, no importa eso. Me golpeó duro, adentro, más fuerte, como un caballo tomó mis caderas y renunció al apellido, a la sangre, y la sangre se hizo leche.

Así fue como me cogí a mi hermano. No va a olvidar lo que soy capaz de hacer, lo que le dí, lo que tengo.


Jesús Navarro

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