jueves, 24 de mayo de 2012

Gordo puto en un sauna, ganador por actitud.

Ser un Oso tiene sus pros y sus contras, sus beneficios y sus pérdidas. Aunque revertir estas situaciones no parece imposible. Todo depende del ángulo desde donde se mira.

Una tarde - a poco de llegar yo a Río- en el sauna de Leblon, circulando entre la concurrencia, vi un ejemplar de Oso perfecto. Lo miré detenidamente y pensé que podía ser norte americano o del norte de Europa por la contundencia de su tamaño, su cabeza afeitada y el formato de barba. En realidad, era más una expresión de deseo que una apreciación comprobable: en caso de ser americano o europeo mi precario inglés me daría más posibilidades que mi entonces casi nulo portugués, aunque siempre el portuñol estaría allí para auxiliarme. Intenté hacer contacto visual para ver que sucedía, pero él no levantaba la mirada del piso.

Más tarde, cuando ya casi había perdido la esperanza de poder acercarme a él, lo vi dirigirse a la zona de los boxes. Lo seguí, de cerca, para que note mi presencia, en silencio. En cuanto giró sobre sus talones para regresar por donde había venido, lo intercepté y le hablé. Respondió con una sonrisa agradecida a mi comentario sobre su belleza. No era extranjero, estaba de paso en la ciudad, por negocios, se dedica a la publicidad. El portuñol fue suficiente. Mi táctica era mantener la conversación, mi estrategia llevarlo a un box privado y pasar un rato con él.

Al notar que no buscaba excusas para irse de mi lado, directamente le dije que me gustaba mucho y que me gustaría que me acompañe a uno de los privados. Con mucha ternura me tomó de los brazos, acercó su boca a mi oído y dijo: “gracias, pero no sos mi tipo”.

Lo esperaba, no pocas veces un Oso debe escuchar de otro Oso que solo le gustan los cazadores. Tomé nuevamente la iniciativa y argumenté: “te gustan los hombres delgados, ¿no?”.” Y lampiños y bien jóvenes”, terminó él la frase. Tres de tres preferencias que yo no podía satisfacer. Con casi 50 años, más de cien kilos y pelos por doquier, yo no tenía chance. Sin embargo, luego de decir lo suyo, no se alejó. Lo tomé por los contornos de su perfecta panza y hablándole yo ahora al oído, susurré: “es sencillo, cerrá los ojos e imaginate que soy delgado, lampiño y de unos 22 años”. Se rió con ganas. Yo, sin reírme, lo miré fijo e insistí: “en serio, es sencillo”, afirmé mientras lo tomaba de la mano y lo conducía a una cabina. “Sos insistidor”, fue su única defensa.” Vos no hagas nada, solo sacate la toalla y dejame a mi”, propuse. Pensé que no aceptaría, pero, riéndose aún, entró conmigo al privado.

Se sacó la toalla, se acostó y cerró los ojos. Para decirlo como una imagen del fútbol, soy un jugador de toda la cancha y se lo fui demostrando sobre su imponente humanidad. La enérgica respuesta de su cuerpo demostró que no lo estaba pasando mal.

Un buen tiempo después, ya cambiándonos para irnos, propuse que si volvía por la ciudad no dejara de avisar. Con mi número de teléfono agendado -y riéndose él aún- nos despedimos.

Franco Pastura extraído del blog GORDO PUTO, AMÉN

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