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Sacerdote

De mi romance con el sacerdote . Nuestras voces hacían un eco de lo que no debía ser en aquella casa tan grande. La última luz de l...

De mi romance con el sacerdote.


Nuestras voces hacían un eco de lo que no debía ser en aquella casa tan grande. La última luz de la tarde se filtraba por el Vitral de frente a la calle que permanecía cómplicemente silenciosa

La calma anunciaba una pelea pronta a llegar. Teníamos esa rara costumbre, la de atraernos, seducirnos… desde el escándalo y la demanda bajo presión. Estábamos sentados frente a frente y entre grito y grito él se puso de pie y me agarró del cuello. Mientras con una mano me apretaba el cuello con la otra desabrochaba mi pantalón.

Sacó mi pija ya medio despierta por el forcejeo, se arrodilló y empezó a mamar como un ternero recién nacido. Me miraba a los ojos desde su lugar, pasando la lengua desde mis huevos y hasta lustrar el glande que se confundía entre su saliva y mi precum. 

El líquido claro, incoloro y viscoso que me salía de la punta de la verga, decía por mí la terrible calentura que llevaba. Todo eso junto se le hacía una suerte de espuma en la boca. Parecía un perro rabioso, de últimas maneras con su hueso. Celoso él de mí, de todo lo que me rozara, de todo lo que sus manos no pudieran llevar lejos de mí.

De pronto liberó su boca y dijo: “¿Esto te conforma Jesús?” Yo agarré entre mis dos manos su cabeza y con la furia que tenía contenida embestí como un salvaje, cogiéndome la boca que me hablaba de amor. Lo retiré, me acerqué como para darle un beso y lo escupí. Con mi mano despejé su cara de mi saliva y se la llevé a la boca. Otra vez su boca que siempre me hablaba de amor.


Amor, amor, amor y yo siempre dándole más pija. Ya lo tenía yo acostumbrado a mis antojos, entonces supo bien qué hacer cuando separé mi pija de su cara y suspiré: “shhhhh” lo acerqué con ternura para que recibiera el primer chorro de meo. Salió calentito y fuerte. Debe haber ardido en la garganta, rasposo y seco. 

Cuando hubo de haberlo bebido todo, cuando me sacudí la poronga en su cara, de un empujón con el pie lo senté en el suelo y con el pie también lo dí vuelta como si fuese un costal de nada.

 “-¿Hasta dónde Jesús, hasta dónde querés llegar?”, -Preguntaba. Lo agarré del cuello, lo puse de pie y lo arrastré hasta la mesa de piedra fría. 

Suplicó cien veces que no. Que en la mesa no, que ahí no. Lo miré fijo y le dí un cabezazo en el medio de la frente. Volvió a hablar: “-Por piedad Jesús, ¡no!” Un maravilloso sentimiento de poder invadió todo mi cuerpo, mi espíritu y la mente. Me saqué los pantalones, yo que todo lo puedo, súper yo en bolas sobre la mesa fría. Me senté y abrí las piernas. Él no dejaba de mirar cómo mi pija crecía al ritmo de su respiración que se agitaba. Con la mirada lo acerqué y lo puse a seguir chupando. El día había ya muerto y la noche nos contemplaba. Encendí dos velas y le canté para más eco una canción pagana.


Le quité la camisa. Él pidió por favor que basta. Le saqué el cinturón. Él pidió por favor que parara. Le saqué el pantalón y lo dejé descalzo. Solo un rosario de pétalos de rosas, del cuello le colgaba. Desnudo, sin más que su fe y que mis ganas, lo dejé desnudo sobre la mesa blanca.

Boca abajo, recostado, lo tumbé sobre el deseo para amarlo. Le abrí las piernas, ya más dulce. Resarcido de contradicciones, acrecido de valores y caprichos, como un caballero en su espalda le besé tanto como pude el alma. Le besé la sombra, le besé las faltas, lo colmé de todo lo que nunca daba y él con lo poco de voluntad que le quedaba, insistió bajito: “¿Qué más Jesús?, acá no, vamos a la cama”

Y yo sordo de razones lo clavé con fuerzas para mi victoria. Le rajé la carne, lo dejé sin nada. Bombeé como hacemos solo a los que todo, nos importa nada. Vital y en  celo lo que siempre quise se quedaba adentro de mi compañero. Lloró y al tiempo que lloraba al mirarme dijo: “¿Porqué Jesús? qué necesidad había de profanar así el altar de cristo” y yo, sordo todavía, sordo siempre de razones vagas lo acabé completo de mi Leche Santa y para que callara le metí en la boca ese crucifijo Y cuando eyaculé antes de sacar mi cuerpo de su cuerpo, con la misma vela que nos alumbraba le marqué la noche que me regalaba. Levanté la vista y ví en el vitral oscuro de la noche clara a la luna llena dar la espalda a la casa grande que hacía de iglesia, a su sacerdote llorar de nostalgia por las tantas veces que se reprochara.

Mi leche siguió cayendo...

Jesús Navarro.

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