viernes, 30 de octubre de 2015

Ramoncito. Segunda parte

José María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos|

Ramoncito

[avatar user="JMaria" align="left" /]

Desde ese día no me perdió de vista, y yo tampoco. Y no es que nos buscáramos, al contrario; yo, por mi parte, no atiné a nada pues la perturbación que me provocaban sus actitudes me inhibía; amén de que, a esa edad, era bastante inocente. Ahora recuerdo que, por ejemplo, me acordaba de él cuando me acostaba a dormir pero sin darme cuenta, todavía, de que en realidad lo que quería era que estuviera en la cama conmigo. Y cuando sucedió lo que tenía que suceder (aunque me estoy adelantando un poco) no fue precisamente en una cama sino en un estrecho banco que en un momento se vino abajo con nosotros pero no sentí el golpe ni nada pues si había algo que sentir ya lo estaba sintiendo desde hacía bastante rato (enorme, desproporcionado, impresionante el sentir que todavía lo recuerdo como se recuerda al primer dolor, quise decir, amor). Y fue en ese mismo banco hasta entonces impoluto que me dijo, la primera vez y sorprendiéndome (pues yo estaba alelado al parecer): “Y ahora dame la otra”. Vuelvo a esto porque me parece fundamental. Y no es puro romanticismo. Y ojalá que todos los que leen estas palabras hayan tenido su Ramoncito como yo lo tuve a esa edad. Pase lo que pase y más allá del tiempo y de las modas, sigue siendo importante la primera vez que te rompieron el culo. Recapitulando, el paraguayo era un tierno. Y son lo peores (es una broma). Ni por las tapas se me iba a ocurrir que además de ser un dulce tenía una herramienta de esas que sirven para todo, por ejemplo, para abrirte un sendero del que no vas a querer volver jamás. “La otra pierna… ¿en qué estabas pensando?”, me repite, con picardía porque yo no reaccionaba; es decir, hacía dos minutos que me conocía y ya me estaba atando los cordones. Repito, una cosa así no puede ser gratuita. (Y claro que lo pagué y en tres cuotas, tres veces quise decir y la última casi sin terminar pues apareció mi tío de repente y entonces Ramoncito dejó ipso facto de pertenecer al equipo y yo lloré). Después nos fuimos a patear los penales, como dije, hasta que se vino la tormenta. Y entramos nuevamente. Adentro, con el techo de chapa, el estruendo era infernal y casi no nos podíamos escuchar y por eso comenzó a hablarme muy bajito al oído apenas nos sentamos sobre el bendito banco. “Si se para… si para (corrigió), seguimos”. Y yo me puse colorado. Estábamos uno al lado del otro, muy juntos y sin ninguna necesidad, aparente. Ramoncito era más alto que yo, grueso pero proporcionado y, como adelanté, tenía unas piernas impresionantes, fuertes y aterciopeladas por el vello tibio que las cubría. Una tibieza que pude comprobar ese día pues Ramoncito, con el fin de que lo escuchara, se inclinaba hacia mi oído y, sin querer queriendo, apoyó con decisión su pierna caliente sobre la mía. Todavía recuerdo el impacto que me provocó ese contacto, el roce intencionado de su piel desnuda sobre la mía que percibí desasosegada, inhábil pero de pronto a punto de comprender una de las razones más poderosas de la existencia, es decir, aquella que estipula que todos tenemos derecho a ser felices. Aunque te duela. Pero no paró. Parecía que se venía el mundo abajo y debimos estar ahí, juntos, solos, esperando a que amainara. Así que aprovechó. Tiempo después, como se dice, comprendí que todo lo que hacía era premeditado. Y él mismo lo confirmó, alguna vez, casi sin proponérselo porque en general no hablábamos de esas cosas. Ya se sabe, a esa edad no se habla de esas cosas. Se hacen y punto, y nosotros las hicimos. Y agradezco a Dios que fuera un guacho como Ramoncito el enviado del cielo para que viera las estrellas. De todas maneras esa primera tarde no pasó más nada. Recién y luego del partido inaugural, como adelanté, se animó y, delante de todo el mundo comenzó a beber mis lágrimas, las de la derrota; las mismas lágrimas que después, cuando todos nos desbarrancamos (y el equipito incluido), Ramoncito volvió a beber, acariciándome con ternura porque había sido él, precisamente él, el que me las había provocado. Y pueden imaginar, por ahora, cómo y por qué. Finalizando con esa primera tarde y a punto de retirarnos exclamó de repente: “¡Mirá lo que me hiciste!, subiéndose el pantaloncito hasta lo imposible para mostrarme un moretón. Suave, morado, casi imperceptible, coronaba como una flor pequeña la vasta constitución de su entrepierna. Pero no miré la marca, no pude pues otra flor, inmensa y desatada bajo el pantaloncito, acaparó mi mirada como un huracán dejándome sin aliento. Continuará.

1 comentario:

Pablo Alicante dijo...

La historia esta genial... La sigo con mucha intriga y súper calentura.... MUY HOT!
Me recuerda a los vestuarios cuando yo era chico....