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Ramoncito. Final

 José María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos|  Ramoncito me quería (la tercera vez y que fue la última me dijo, mientras me ensartab...

 José María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos| 

RamoncitoRamoncito me quería (la tercera vez y que fue la última me dijo, mientras me ensartaba: “Me parece que te quiero, Jose”). Por eso, y porque yo lo quería también y más todavía desde que me había hecho tan feliz, fui a la estación a despedirlo. Mi tío Eduardo fue el que armó todo el quilombo. Escandaloso y exagerado, les decía todos los que quisieran oír que antes de entrar al vestuario más temprano que de costumbre escuchó mis gritos como si me estuvieran achurando. Es cierto lo de los gritos. Ramoncito mismo, matándose de risa me lo decía también, encantado: “¡Cómo gozás, guachito!”, y la metía más adentro todavía. Lo que no sabía diferenciar mi pariente era el placer del dolor, que a veces vienen juntos como en este caso. Ya lo dije mil veces. Ramoncito tenía una poronga extraordinaria y juro no estar traicionando a mis recuerdos. No obstante, lo verdaderamente relevante es que era hermosa. Y es el calificativo más justo que le hubiera correspondido. Ustedes, que me están conociendo, ya se habrán dado cuenta de la fascinación que me provoca la belleza, la armonía, esas manifestaciones ante cuya aparición uno se queda sin palabras. Tal vez por eso escribo, para encontrar palabras, algunas más de las usuales para este tipo de cosas. “¡Qué hermosa poronga que tenés!”, le decía por aquellos días antes de convertirme en un poeta, y me quedaba con la boca abierta. ¿Para qué más?, me digo ahora, porque entonces Ramoncito que me quería bien aprovechaba para introducirla ahí un buen rato antes de metérmela por el culo. Y yo empezaba a gritar. Volviendo a mi tío Eduardo, yo era menor, para colmo. Así que los vecinos primero se persignaban pero después le preguntaban qué había visto (y si era posible con lujo de detalles). Y  él les decía, levantando la voz y haciendo gestos con las manos: “Se lo estaba cojiendo a mi sobrino… por atrás”, agregaba, de manera redundante. Pero esto es muy triste. Tres días más tarde, Ramoncito esperaba su tren para volver al Paraguay. No hubo denuncia. Mi viejo (que se estaba por morir) solamente me preguntó: “¿Vos quisiste?”. Y yo le dije: “Sí”, con lágrimas en los ojos y antes de echarme entre sus brazos comprensivos. (¡Dios mío, cómo amé a mi padre!). Cuando entré a la estación, Ramoncito tenía sobre su falda una valija de cartón muy pequeña, sobada por el uso y de color marrón. Y miraba hacia adelante, hacia la nada. Nunca me voy a olvidar de la imagen: pobreza, indefensión, desamparo. Era increíble que un muchacho así hubiera sido capaz de procurarme una de las alegrías más grandes de mi vida. Pero apenas ingresé me miró, sorprendido, y enseguida me sonrió con esa sonrisa amplia que tenía. No nos abrazamos, sólo me senté a su lado y le dije, innecesariamente: “¿Te vas?”. Y no me contestó. Me miró otra vez, ahora de costado, a los ojos. Pero no lo hizo como la primera vez que me vio (¿recuerdan que se los conté?: “Me miró como si me estuviera devorando”). Sentados en un banco muy diferente al del club esta vez me miró “como si me estuviera amando”. Llegó el tren. También llegó mi tío, que me andaba vigilando. Acompañe a Ramoncito hasta el andén. Me ardían los ojos y me dolía el cuerpo. Y entonces, antes de subir, con una mano en la agarradera del vagón y con la otra sosteniendo la valija, Ramoncito se inclinó dulcemente hacia mí y me dijo, al oído (y que recuerdo todavía): “Mirá que te quiero, eh”. Y el tren partió, hacia el infinito.