martes, 26 de abril de 2016

Las pensiones. Segunda parte.

José María Gómez / Las pensiones/ El muchacho de la clase trabajadora|

Las pensiones¡Cómo me cojió el hijo de puta!, él, que se hacía el santito, el nada que ver y que la primera vez que le insinué algo (con timidez y desparpajo al mismo tiempo) me dijo, mirándome fijamente: “¿De qué estás hablando, hermano?”


Era evidente que Mario se consideraba mi amigo. Y eso era maravilloso, claro, y me provocaron momentos importantes de camaradería y felicidad. De todos los otros pibes con los que se relacionaba, y éramos unos cuantos allí, yo era el beneficiario claro de su afecto y todos lo sabían. Y se alegraban por ello, salvo uno, un taimadito de Corrientes que me dijo una vez a la entrada del baño colectivo: “¿Y… te tiene satisfecho tu marido?”


Otra cosa con la que contaba era con su instinto de protección. Mario desarrollaba naturalmente, ¡a sus veinte años!, una capacidad de hacerte sentir protegido y a salvo con él. De lo que no pudo protegerme era de mí mismo, de mi naturaleza. Desde que lo había visto en la foto con su malla rutilante yo supe claramente lo que quería de él. Y no descansaría.


Un domingo nos fuimos todos a la cancha. Creo que fue la primera vez que concurría a un espectáculo multitudinario de hombres, casi todos con el torso descubierto. Fue una experiencia enervante para mí. No me voy a meter con ese tema pues no soy un especialista; pero voy a decir algo: no hay nada más puto que el futbol. Punto. Abrazados, al palo, calientes, festejábamos la victoria magreándonos y, casi sin darme cuenta al principio, fui tanteando el cuerpo de mi amigo y lo que sentí fue indescriptible. Me perdí. Yo conocía a los cuerpos, y ustedes ya lo saben. Cuerpos voluminosos y pequeños, duros y blandos, ásperos y suaves… pero lo que percibí del cuerpo de Mario era diferente a lo conocido, único, de alguna manera inaugural para mí: sólido, de una estructura muy particular, el músculo grueso pero cálido, amistoso; y asimismo duro, sin ninguna duda, un cuerpo duro y consistente que pensé, flasheé, se dice ahora: “Si éste me la pone, me mata, me parte en dos”. 


 


Hacia el atardecer volvimos a la pensión. Los otros se fueron desperdigando (algunos tenían novia) y nos quedamos solos en el último trecho. Estábamos muy alegres, sin saber por qué, Mario también. Pero en un momento nos quedamos callados. Pateábamos por una calle silenciosa, el domingo melancólico ya se hacía sentir. Entonces dije, por decir algo: “Estoy hambriento”. Sí, ya me di cuenta…de ésta”, me contestó, agarrándose la pija. Sonó como desilusionado.


Seguimos adelante. Las semanas siguientes yo tuve parciales y me tuve que ocupar. No hablamos más del tema. Pero percibí, no obstante, que al volver por las tardes, y al hacer el rito del rito del desnudamiento, ahora sonreía. Yo, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, en esos momentos me volvía de espaldas. Y al rato preguntaba, dasapasionado (o intentándolo): “¿Y, terminaste?”. Y el contestaba: “Sí, cariño”. Pero Mario era maravilloso, leal, no había pizca de maldad en él. Sólo se estaba haciendo a la idea.


Y una tarde se decidió, un viernes para más datos. Yo percibí que se demoraba. Se hizo un silencio sospechoso, irreal. Esperé un poco, con mis latidos atenazándome. Sin embargo, me moría de ganas de mirar, recreaba su esbeltez, su pecho, la entrepierna, el regalo… pero entonces se acercó y, suavemente, me agarró de la mano, diciéndome, con una voz rara: “Tocá, si querés, ya que te gusta tanto…”


Continuará.


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