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Diga 33: El médico, crónica de una mamada.

Bauti Blanc | Invierno, entré por la puerta principal, eran las 10 de la mañana y mientras accedía al Hospital observé como dos vigilantes ...

Bauti Blanc | Invierno, entré por la puerta principal, eran las 10 de la mañana y mientras accedía al Hospital observé como dos vigilantes de seguridad comprobaban la documentación de un indigente, mientras en la recepción no paraban de atender a gente que venían a visitar amigos y familiares convalecientes.




El edificio era familiar para mí, en alguna ocasión ya lo había visitado, conocía bien los recovecos que tenia que recorrer y los ascensores que comunicaban a las plantas con mayor rapidez. Aún así, muchas veces me perdí en los largos pasillos de este hospital.

Caminaba re hot con estos pensamientos cuando por el pasillo comencé a ver las señales de peligro por radioactividad, ya estaba cerca de mi destino, así que no tuve más remedio que decirle adiós a aquel enfermero con boxer rayado que tan bien le quedaba y doble a la derecha.
Subí al ascensor hasta el primer piso y llegué a la consulta de respiratorio, en la sala de espera estaban sentados una pareja de ancianos agarrados de las manos y un adulto de unos 40 años. Era moreno, tenía el pelo cortito y de color bien negro carbón y unos hermosos ojos castaño oscuro; otras veces lo había visto con anteojos.



Llevaba una bata blanca, como cualquier médico del hospital, pero me fijé si llevaba puesto algo en la parte de arriba y estaba sin remera, lograba ver su piel morena y algo de pelitos delicioso, me ruboricé al ver que tanto la enfermera como el medico me habían observado haciéndolo. ¡Que vergüenza, Dios!
Tras la breve explicación sobre lo que me ocurría, el doctor con voz áspera me ordenó que me quitara la remera. Mientras me quitaba la remera vi que el medico me miraba, me pareció que aquello no era interés profesional, su mirada ocultaba algo raro, no era la primera vez.
En ese momento estaba desnudo de cintura para arriba, el doctor se puso en pié y para mi sorpresa le dijo a Cintia, así se llamaba la enfermera, que se tomara ahora el descanso y que podía ir a por un par de cafés a la cafetería principal.

Cuando la puerta se cerro, me quedé helado al ver que el doctor se acercaba a ella y puso llaves. - Diga 33 - Y mientras obedecía sus órdenes noté como una mano recorría mi espalda y su nariz que me olía atrás de las orejas...



Aquello definitivamente no era normal, lo supe con seguridad cuando noté su lengua recorriendo mi espalda y escuche como dejaba el fonendoscopio encima de la camilla, detrás mío.
Mis pantalones estaban con carpa, la verga súper parada y bien dura…aquello me estaba gustando.
¿Quién puede negarse a las órdenes de una médico tan hermoso pensé yo? me quité las zapatillas y los pantalones, estando ya en boxer noté que sus manos recorrían mi espalda y al llegar a mi cintura, sentí sus dedos meterse en mi ropa interior y tirar de ella hacia abajo dejándolos caer en el suelo.

Me estaba acariciando la espalda con la lengua y siguió haciéndolo con mis nalgas, y yo en todo momento no podía verlo, lo tenía a mis espaldas y tan solo notaba sus movimientos y sus caricias.
Escuche un ruido en la habitación de al lado, pensé que el doctor sólo se había acordado de cerrar la puerta principal y temí que alguien pudiera entrar por aquella puerta. Aquello parecía el cuarto dónde se cambiaba la enfermera Cintia.



Pero mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando el me ordenó que me agachara y apoyara mis manos en la mesa. Obedecía sin decir nada y me estremecí al sentir su lengua subir por la pierna derecha, haciendo círculos hacia mi culo. Y solté un gemido cuando noté su lengua sobre mis huevos, los estaba lamiendo despacio, recorriéndolos por completo, y jugando con ellos, subió por el perineo hasta el ano, con sus manos separó mis nalgas y comenzó a pasar su lengua trazando círculos sobre mi ano, produciendo a mi verga una erección digna de recordar.

Mientras lo hacía sus manos me recorrieron las piernas y llegaron hasta mi poronga y comenzó a masturbarme con energía. Y mientras estaba chupándome el culo, sentí como algo se introdujo en él, al principio me sentí algo incómodo pero luego sus manos sobre mi chota me hicieron recuperar la excitación inicial. Sus hábiles manos me daban un placer extraño y nuevo.

Lo entendió y me dijo que estaba todo bien… delante mío estaba un moreno desnudo a falta del pantalón del uniforme de hospital, y pude ver terrible poronga bien negra que la tenia bien dura con su liquido de presemen goteando ya…
¡Que caliente estoy! -me dijo sonriéndome- con una sonrisa hermosa. Puse el fonendo en la silla y me puse boca arriba.


Sentí sus besos en mi estómago y las cosquillas que producían su lengua moviéndose sobre mi piel era excelente. Él comenzó a pajearme muy desesperado haciendo trompita y diciéndome: ¿te gusta?
No conteste nada, me gustaba pero duró poco, enseguida siguió besando mi estómago hasta llegar a mis pies un ratito y volvió a subir hacia mi pija.
La agarro con una mano y se la metió entera, al chupármela me dio una sacudida de placer y arqueé mi espalda, y al mirar hacia la pared, descubrí que la puerta del cuarto de la enfermera estaba entreabierta y unos ojos nos miraban desde la oscuridad.

¡Era Cintia! -pensé-, la enfermera, que de alguna manera había entrado por otra puerta hasta ahí y poder vernos.
La lengua del doctor recorría mi glande y mis ojos iban de esa lengua a la puerta y de la puerta a su boca. De repente, la mano del doctor comenzó a moverse con rapidez y me hizo olvidar de la puerta, de Cintia y lcdll.
Estaba necesitando ya ese orgasmo, -no pares por favor- le dije y él movió la cabeza con toda mi poronga hasta el fonodo diciendo: NO a mi petición, cambiando de ritmo la mano, su boca me hacia garganta profunda mientras sus manos me pajeaban y me acariciaban los huevos.
Mis jadeos denotaban la presencia del orgasmo y él me miró a los ojos, se saco la verga de la boca y con la mano humedecida con su saliva me sacudió la pija con energía desde la base hasta el glande, y me miraba a los ojos cuando la primera escupida de leche cayó sobre su cara, momento en el que abrió la boca y se la mando tragándose toda la lechita que tenia hace días guardada.
Mis gritos debieron escucharse desde afuera, aquel orgasmo fue intenso, y ver cómo lamía el semen de sus labios me hizo excitarme aún más. Su leche se la dio a los peces que tenia en una pecera ahí adentro por que golpearon la puerta que estaba cerrada así que otra opción no tuvo.



Nos vestimos y se hizo que me atendía…mientras habría la puerta para que entrara Cintia, la enfermera.

- Esto es todo por hoy, cuidate, chau!

- Gracias Doctor, chau.


PD: 2 semanas después volví... Ni el doctor y ni Cintia estaban trabajando mas en ese piso, fue lo que me dijeron.