viernes, 19 de diciembre de 2014

Los buenos mozos


(De la colección de cuentos eróticos PARA LAS HORAS SECAS)

Esto ocurrió anoche. Fui a un restaurante a hacer una prueba para quedarme con una vacante que se ofrecía para el puesto de mozo. Era un lugar del que yo era cliente por lo que ya conocía a algunos de los que trabajaban ahí.

Ya de camino, iba entusiasmado porque algunos de los mozos era demasiado lo que me gustaban, me ponían bien caliente y eso era motivador.

Llegar temprano para limpiar el salón y luego las duchas. Imaginaba que ahí, al momento de ducharme me iba a encontrar con una linda sorpresa y así fue. Silvio era el que más llamaba mi atención, era el bromista del equipo, el “mete chiste” “mete mano” y su frase de cabecera era "¿te la enseño?". Al principio me pareció un estúpido pero era lindo el estúpido. Todos eran del interior del país y los tipos del interior me parecen bien sexys.

Cuestión que miré a todos de qué manera se acariciaban con el jabón, me moría de ganas de llenarme de ese montón de músculos y llenarme de la leche de todos. Quería ser la puta del restaurante, la mujer de todos ellos, en grupo o de a uno; que me cogieran que me dieran bien en la boca, en todas partes, que se rieran de mí y de mi suerte. Vi una verga a mi lado, dura, hermosa, morena y una mano que movía mi deseo y espuma corriendo por la pija. ¡Qué tentación!, amigos qué tentación. Tanto hombre bruto solo para coger sin cruzar una sola palabra. Sentí una mano detrás de mí, jugando con mi ansiedad.

Todos se mofaban del puto, era la novedad. Uno se acercó para pedirme un poco de shampoo, yo se lo di y le rocé la mano en una intención bien putañera y me dijo: “te lo voy a devolver”. -claro que sí, pensé.



Algunos salieron del agua enseguida y otros se demoraron más. Uno me dijo sin vergüenza -"se que te gustan los hombres, y acá tenés muchos" – a lo que respondí valiente -"se que querés cogerme" y me agarró la cabeza fuerte y me llevó a mostrar su pija. La chota dura y jugosa ahora estaba en mi boca ¡que hermoso! y éste silbó mientras yo chupaba y un compañero se acercó. –ves, te dije que era puto –sentenció como ganando una apuesta. -Veo, -respondió el otro y peló la verga caliente. Metí esa también en mi boca. La cabeza de las chotas me obligaba a abrir grande la cavidad, salida de mis tormentos. Los pobres tipos me acariciaban la nuca con ternura. -¡Cogeme! le ordené a uno y no se demoró, me la metió fuerte, sin tacto, sin cuidado.

Mordí al otro y me dio un golpe en la cara. -¡puta! -me gritó. -Perdón –dije. Se acercó el cordobés que había oído el grito. -¡Wow! -exclamó... y se empezó a pajear. Los chicos parecían estar acostumbrados... así, uno se quedó viendo y otro me sacudía el orto ¡con unas ganas!... mi culo mojado aguantaba la cabeza que entraba y salía rápido y furiosa.
El orto me ardía pero resistí cada sacudón. El desgraciado lo gozaba y yo ahí ante ellos, “mis hombres” había conseguido ser la puta y ya soñaba con superarme cada noche.

Acabó el macho que me cogía. Acabó en mis nalgas y aulló como bestia. El otro se vino enseguida. Yo solo lo miré.

A media noche, cuando ya todos sabían lo sucedido y yo era el comentario... busco hielo y no encuentro, entonces le pregunto a una encargada por el hielo y me dice la china envidiosa de mi fama, que le pregunte a un mozo. Éste llamó a otro, el más lindo para mí que necesariamente no era el más bello. Rasgos asiáticos, vocabulario escueto, atrevido... sube a una ascensor (esto tenía dos pisos "sucios como todo antro chino" y oscuros) un minuto en el ascensor, me mira, se ríe, como sabiendo lo que va a venir. -¿Te la enseño? -dijo. –Enseñámela -increpé y se levantó el faldón, bajó un cierre en el pantalón y me mostró la verga. ¡Era un caballo el hijo de puta! La guardó. Llegados al segundo piso abrió una cabina freezer tamaño baño y me encerró. Bromeó y volvió a abrir. -No te asustes me dijo. -No me asusto -dije seguro. -Ahí está –señaló. Me agaché y quedé a la altura de su pija. Le levanté el faldón, bajé su cierre y yo saqué esa poronga para mí. Solo sonrío.

La chupé, la tragué, con la lengua enloquecida de arriba hacia abajo y también viceversa. Los huevos con la lengua, los dedos en su culo y él dejándose. Empezó a pajearse en mi boca, guiado por el hielo que quemaba. Me sacudió la verga en el orto más fuerte que el otro anterior. Era una bestia, me cogía con demasiada fuerza y me gustaba. Quise abrazarlo, como una mujer haría con un macho. Me agarré a sus piernas fuertes... moría de ardor con esa pija adentro desgarrándome. De pie me dio leche urgente.

Silvio era el mejor amante de aquel restaurante. Cuando acabó, me agarró de los pelos, me miró a los ojos y me dijo:
-"Puto, a mí también me gustan los machos, y estos son míos. No te quiero mañana acá". 
Y no volví.



 Jesús Navarro

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