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La forma de la felicidad

José María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos|  El sábado pasado fui a una radio a hablar de mi última novela. En el hall de entrada es...

la forma de la felicidadJosé María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos| El sábado pasado fui a una radio a hablar de mi última novela. En el hall de entrada estaba un muchacho esperando a sus amigos, una banda de rock que tocaba en el estudio. Se lo veía muy alto, algo fisurado pero terriblemente hermoso. Yo estaba de buen humor (me encantan las entrevistas) así que le dije, con simpatía: “Así que sos músico”. (Los reconozco enseguida y eso le pareció entretenido).

Entonces comenzamos a conversar hasta que llegó el momento, ante una pregunta suya, de nombrar mis novelas. Cuando dije: “Los putos”, el muchacho me miró, algo azorado, y repitió: Los… ¿putos?, como para constatar que no era un accidente de su imaginación. Entonces todo cambió de repente.

Se incorporó (habíamos permanecido sentados uno al lado del otro, juiciosamente), y comenzó a desgranarme, con gracia, todas sus lecturas, desde que era un niño. Le encantaba leer y, por lo que escuchaba, elegía muy bien los libros. Comencé a interesarme. Me dijo que había nacido en una ciudad de la costa marítima y, como no le gustaba jugar a la pelota, me confesó, leía todo el tiempo.

Se movía de una manera muy elegante, inusual en los muchachos de su edad y no me extrañaría que el mar de su niñez y juventud (también pasaba largas horas nadando, dijo, alejado de todos) hubiera moldeado su cuerpo que se adivinaba totalmente armonioso tras sus ropas oscuras.
En un momento sonrió, mejor dicho, rió ante una ocurrencia suya y, como cuando el sol aparece en la mañana, pareció iluminar toda la estancia.

Pero entonces me vinieron a buscar. Se inclinó para saludarme (yo casi tuve que ponerme de puntillas) y seguí al conductor del programa pero pude ver, a través del vidrio grueso del estudio, que el muchacho anotaba, como un niño bueno (y antes de salir con sus amigos que lo urgían) mis números de teléfono en una libretita desde cuya tapa sonreía Elvis Presley.

Como venía diciendo la semana pasada, mi padre era hermoso. Definiendo: anchas espaldas, piernas poderosas, un pecho tallado de metal pero un metal caliente. Encandilaba. Cuando estaba con él, compartiendo un espacio, parecía que su sola presencia alcanzaba para llenarlo. Adentro del cubículo, esa tarde, bajo el agua tibia, su cuerpo desnudo ocupaba todo el lugar, tanto, que me quitaba el aire, me asfixiaba.

Creaba ante mi mirada desfalleciente una imagen que me perseguirá y a cuya reverberación entregaría desde ese día todos mis afanes. No sabía (y pasaría mucho tiempo para que me diera cuenta) que estaba construyendo, inocente, mi verdadero mundo, aquel que se alimenta de miradas. “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, dice el poema.
Y allí, la rosa, para que quede claro, era descomunal. Me rebelé, entonces. Quieto, en mi rincón, miré cómo mi padre se bañaba.

Él lo hacía con los ojos cerrados. Siempre. Armaba con sus manos sobre su cuerpo grueso una constelación de movimientos, un dibujo que hasta esa tarde inaudita no quise descifrar. Alguna vez, antes, a hurtadillas, había entrevisto algo: una línea sutil en el entrecejo, una pausada y suave frotación sobre su hombría, el desmayado gesto que arreciaba fugaz sus dos tetillas. Paisaje, para mí, que aún negado, arrebatada de rubor mis mejillas; territorio, al fin, que no sabía o sí, que sería la suma de la felicidad y también la desdicha.

Pero esa noche no. Infante, valeroso, procaz, dejé que mis ojos se incendiaran. Les robé todos y cada uno de sus gestos. Observé –y en esa observación me inventaba, virgen todavía– cada una de las formas de su cuerpo.

Resumiendo, no solamente la hendidura escabrosa o la morbidez de las curvas. Lo que quería mirar era el lugar donde su cuerpo se hacía maravilla, creaba, obnubilaba la inmensidad de su figura para trocarse en eso, en una flor salvaje que deseé arrebatar para endulzar mis manos. Pero no lo hice, claro, no me animé y no estoy arrepentido.

Apenas dejé que mis ojos se engordaran (siempre me encantó la expresión:Estás engordando los ojos”, me dijo una vez un parroquiano mientras se esmeraba en procurar la visión de sus encantos) hasta que mi padre, de repente, abrió los suyos.
Y me miró, él a mí, pues yo permanecía a su lado, sin bañarme, quieto, apenas humedecido por las gotas que habiendo pasado por su cuerpo me salpicaban, tibias, cual lágrimas perfumadas.

Y entonces siguió mi mirada, dulcemente, apenas sorprendido. Tal vez sabía o esperaba el momento. Él me amaba. “¿Qué estás mirando, m’hijo? ¿te gusta eso?”, me preguntó y, cuando yo me dí vuelta, avergonzado y llorando, se acercó por detrás y, hablándome al oído, me abrazó fuertemente (para consolarme), creando una figura de dos (indescriptible, eterna, poderosa) que todavía me persigue.
Hasta pronto.

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