viernes, 6 de noviembre de 2015

Ramoncito. Tercera parte

José María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos|



Ramoncito: Vas a ser mío, pichón.


Yo: ¿Me va a doler?


Ramoncito: Sí, claro, mi amor… ¿No ves la poronga que tengo?


Esas fueron las palabras más hermosas que escuché en mi vida. Porque Ramoncito era un poeta, capaz de eso y mucho más. Doy fe. Cuando se acercó ese día yo estaba con el torso desnudo. La camiseta (cuyos colores no había sabido defender) se arrugaba a un costado del banco y entonces, repentinamente, Ramoncito la tomó en sus manos y la llevó a su cara y, enseguida, mirándome a los ojos, la olió. Fue una primera señal. La primera de esa tarde transfigurada, es decir, una donde en breve cambiaría mi cuerpo para siempre.


Ramoncito: ¿Querés verla, antes?


Yo: Bueno.


Ramoncito: ¿Y… no le vas a dar un besito?


Pero entonces descubrí que no estábamos solos. Un rato antes, acobardados y llorosos y sacándose a porrazos los botines, cada uno de los pibes había buscado la manera de encontrar consuelo. Algunos se abrazaban y otros, como si siempre lo hubieran hecho siendo tan pudorosos, se arrancaban de pronto el calzoncillo y con el trapo se secaban la piel (oscura y transpirada) arrojándola al cabo sobre los demás. Tenían ganas de pelear, de algo, de no volver a las casas derrotados (nos rompieron el culo, musitaban entre dientes sin saber que en breve la frase vergonzante se convertiría en una promesa deliciosa. Siempre se aprende algo).


Ramoncito (colocando su mano sobre mi cabeza): Animate, pichón, que es toda tuya.


Mi primo hablaba a los gritos como de costumbre (repasando las jugadas que no sirvieron para nada) con el otro paraguayito del que no se despegaba ni a sol ni a sombra. Pero no porque se quisieran sino porque competían todo el tiempo, adentro y afuera de la cancha. Vergara era vigoroso, muy masculino y nunca nos habíamos llevado bien del todo: sólo una vez y nunca más (poco tiempo después y cuando quise saber de una vez por todas el verdadero motivo de su apodo. Y él me mostró). El otro, no. Esmirriado, tenía un aire de melancolía que lo hacía frágil, debilucho. (No me puedo imaginar hasta hoy cómo hizo para aguantarse una verga como la de mi primo, pero ese es otro tema). Lo que quería contar es que mi primo en un momento se interrumpió y me miró, con la boca abierta, justo cuando yo me ponía de rodillas. Y salió disparando junto al otro, para no ver.


“Desde que te vi, ¿te acordás?, te tengo ganas”, me dijo Ramoncito y me acomodó sobre el banco; suavemente, la misma suavidad que había utilizado recién, acercando mi boca a su tesoro. De carne y piel (lustrosa, enarbolada) y más valiosa que el oro. Y todo para mí, es decir, toda esa inmensa joya para adornar mi boca. Cerré los ojos, mareado y luego los abrí. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, escribió Monterroso. Translitero: “Cuando desperté, la poronga todavía estaba allí”. Y no me quedó otra que tragarla.


Ramoncito (urgió, sentándose en el banco): Arrodillate, amor.


Entonces sucedió. Uno de lo muchachitos (de los que permanecían abrazados) giró levemente su cabeza y apoyó sus labios con delicadeza sobre los labios del otro. Sorprendidos (y de repente enamorados) se dieron cuenta al unísono de lo que se trataba: convertir la tristeza en alegría, la derrota en victoria, ganar (y aun por atrás) todo lo perdido en el campeonato. (“Le dio para todo el campeonato”, suele decirse y es una hermosa frase). Y por eso sacaron sus lenguas, y se besaron, cómo asfixiándose. Fue la señal.


 


Ramoncito: Te la voy a meter por el culo, vas a gritar, la vas a sentir hasta la garganta.


Y yo le dije: (como muriéndome) pero despacito.


Entonces Ramoncito acomodó el banco como pudo y me acostó sobre la madera, mi espalda se veía levemente torcida, mi cabeza colgando hacia un costado y mi cola blanca se elevada hacia el cielo como una frágil luna a punto de entregar su hondura a un sol enorme e implacable. (Continuará)


 


 


 

2 comentarios:

Babe dijo...

Me encanta esta historia! Espero la proxima entrega! Saludos desde Paraguay.

Sergio dijo...

Un placer leer a este escritor: me encanta...