martes, 7 de junio de 2016

Las pensiones. El Braulio. Cuarta parte

José María Gómez | Las pensiones | El Braulio |

Braulio IVOtro asunto con el Braulio es lo que le pasó con el novio de su madre. Ya había sucedido lo del colectivero y, tal vez por eso, comenzó a darse cuenta de cosas que antes le pasaban desapercibidas: el cuerpo de los hombres, por ejemplo.


El mencionado novio era de buena familia (vivía en la Florida, el barrio de los ricos) pero se llevaba muy mal con su papá, un comerciante que tenía un negocio en plena avenida Córdoba (todo esto en la ciudad de Rosario, como saben). Finalmente lo echó, el padre, y el muchacho, Aldo, no se le ocurrió otra cosa, para mortificarlo, que entrar a la policía, como agente (un trabajo para desarrapados) y, por si fuera poco, afincarse en el barrio de Ludueña.


A su madre le gustaban los hombres jóvenes y tuvo varios, según me contaba el Braulio, y todos habían sido muy amables con él. Le traían golosinas y, algunas veces, lo cargaban en los hombros, cosa que al Braulio le encantaba. Hasta que creció y supo lo que estos hombres hacían con su mamá cuando se encerraban en el único dormitorio de la casa y lo mandaban a jugar con sus amiguitos. Se los imaginaba, a ellos, exultantes y fuertes, capaces de provocar unos gemidos largos (pues una vez los escuchó de boca de su madre) y eso le provocaba envidia y también desesperación.


Aldo, el aspirante a policía, era muy alto, no muy buen parecido pero fortachón y andaba siempre con un bolso a cuestas donde guardaba el uniforme de fajina. La madre del Braulio le lavaba la ropa hasta que un día se sacó la camisa delante de ella para agregarla al montón y entonces se enamoraron. Una semana después ya vivía en la casa y al Braulio, sin poder evitarlo, le gustaba mirarlo cuando andaba descalzo y en pantaloncitos azules por la casa.


Todo esto me lo contó el Braulio aquella noche. Exhaustos, doloridos, felices, nos quedamos luego toda la noche conversando. Acunados por el sonido de nuestras propias voces, voluptuosos, acariciando con languidez nuestros cuerpos, besándonos suavemente, nos acompañábamos gratamente y, y no en menor medida, descubríamos el sentido de las cosas, de estas cosas. (Yo no sé de qué hablan los pibes de ahora después de hacer al amor, nosotros acostumbrábamos a hablar de nuestras experiencias, de la primera vez: era todo un aprendizaje, el amor homosexual estaba prohibido, denigrado, era un oasis poder hablar en voz alta de eso con el otro).


Un domingo a la tarde, en el momento en que su madre no estaba, llegó Aldo a la casa después del entrenamiento. Parece, por lo que yo escuchaba, que en la escuela de policía lo bailaban. Siempre andaba con moretones que la mujer acostumbraba a curar con un ungüento que siempre estaba arriba de la mesa. Ese día lo habían tratado con algún rigor pues ostentaba en su pierna, muy cerca de la ingle, una herida que enseguida le mostró, quejándose del dolor. Se había sacado los pantalones de un tirón. Las piernas de Aldo eran impresionantes, no sólo largas (el muchachote medía casi dos metros) sino también muy musculosas y peludas, de una pelambre suave, algo oscura. A continuación se acostó, con la puerta abierta. Desde el comedor, el Braulio no podía despegar la vista de él.


Hasta ese momento, la relación entre el Braulio y su padrastro (inconcebible ya que tenían casi la misma edad), se había desarrollado sin inconvenientes a la vista. El mayor no era muy comunicativo y el menor se masturbaba asiduamente pensando en él, y sobre todos en sus piernas. El diálogo, antes de que pasara todo fue así, palabras más, palabras menos:


 

¿Qué mirás?

Yo, nada, ¿por qué?

No sé, me pareció.

Estás en pedo.

A ver, vení… traete la cremita.

¿Qué?

El ungüento. Me duele un poco… ¿me pasás?

 

Continuará.

 
Leé más sobre la saga de "El Braulio" acá:

 

1 comentario:

FFFFF dijo...

LA CONTINUACION YA, me enamoré del braulio