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Didimvu, el secreto de su ojete.

Lamerme el ano (por si quedaban restos de semen de león) era una especie de comunión celestial con el león y conmigo. Creían ciegamente en m...


Lamerme el ano (por si quedaban restos de semen de león) era una especie de comunión celestial con el león y conmigo. Creían ciegamente en mi condición mágica. Rechazarlos implicaba ofenderlos.


Didimvu


Mi  cuerpo y mi color habían sido mi identidad


Ahora deseaba haber sido devorado por los lobos


Lo que quedaba de mí,  estaba a cargo de mis tres esposas y un pequeño grupo de jóvenes iniciados.


Me despertaban, me nutrían, me llevaban al rio. Me lavaban, me rapaban, me depilaban, me vestían.


A los 19 estaba  muy delgado. Era pura pija y parecía más joven


Por  vivir recluido, nació un nuevo mito sobre mí:


Mi amante era el espíritu del león y recibir mi semen era recibir fortaleza, masculinidad  y quizás vida eterna.


Y algo más:


Lamerme el ano después de defecar (por si quedaban restos de semen de león) era una especie de comunión celestial con el león y conmigo


Creían ciegamente en mi condición mágica. Rechazarla hubiera implicado ofenderlos.


Elegía a los pibes para que me mamaran la verga, y  a los otros también, los del rito matinal coprofágico.


Hacían fila para ser los elegidos. Se sentían dignificados y después de pasar por mí,  llevaban un halo sacramental a sus aldeas.



Las lenguas en el ojete me la ponían muy dura.


Después de aquella experiencia, no encontré ducha de mano ni  bidet que cumpliera esa función con más eficacia que las lenguas.


El  dolor que se  evita, de todos modos vuelve.


Lo que no se pone en palabras viene en imágenes o enferma el cuerpo.


Nosotros somos el medio en que nos movemos y una chispa del  universo. En la selva, en la sabana, en la cadena alimentaria, esa correspondencia cósmica se evidencia.


Entonces en ambas márgenes, y desde el Índico hasta el Kalahari surgió una  canción  que entonaban  madres y nodrizas cuya traducción es más o menos así:




 La noche no es noche es rinoceronte negro

La luna no es luna es el blanco león que duerme

La noche tiene en la  frente un lucero azul

El  ilumina a quien ama, él te ilumina

Entonces  sus  lágrimas  son estrellas

Duerme  mi niño que eres negro como la noche

Duerme mi niño negro que tu alma  blanca es  como la luna


La luna  entregaba  cada amanecer  su leche  a varias  gargantas oscuras como la noche.


Me chuparon  la pija hasta los más arrogantes jefes tribales, y honestamente, cuando se tiene todo (pues si quería  también tenía tres jóvenes y bellas princesas)  nada importa.


Me volví cruel y despectivo justificado en mi dolor. Los cogía para verlos sufrir.


A nadie daría mi orto. Era un egoísta, solo un espectro. Simplemente no sentía


La aldea se llenó de ofrendas y prosperó,  y creí que  ser  esclavo de mi propio mito  era  mi patético destino.


Entonces Inani me llevó al río.


La vieja prendió un fuego,  me hizo desnudar y me baño en humo hasta quedar tiznado.


Desenvainó un puñal de obsidiana y me contó su vida.


Me habló del hambre de su pueblo en su niñez, de sus padres y hermanos vendidos como esclavos a los que nunca volvió a ver.


De la ablación de su clítoris, de ser una huérfana en la aldea violada desde muy niña.


Me habló de sus 18 hijos muertos. De sus nietos arrasados por el hambre y las diferentes pestes.


Me describió con detalles  lo que era sentirse verdaderamente sola y en peligro abandonada en la selva para que la comieran las fieras, alimentándose de alimañas crudas.


Se quitó la túnica y me obligó a mirar su cuerpo esquelético, lleno de cicatrices sobre una piel reseca que caía en  colgajos.


-Que ves hijo mío?


-Veo tu vida madre hechicera


-Eres astuto Didimvu. Ves el cuerpo inservible de una vieja negra a la que se le ha permitido vivir más de lo que debía.


Algún día puede que tu cuerpo se vea parecido al mío. Lo importante es lo que lleves dentro.


Lo que tienes ahora es mucho,  pero lo estas matando Didimvu.


No tienes derecho hijo mío, estas calumniando a la vida misma.


Entramos al agua y entre cánticos me lavó con sus manos artríticas.


Un rayo de sol se coló entre los árboles cubriéndonos de luz  y una bandada de pájaros  se elevó hacia el sol en ruidoso torbellino.


Junto al fuego crujiente  Inani me abrigó.


Tuve  visiones: supe quienes eran espiritualmente los seres que ame, su misión.


Fui consciente de que el sexo operaba en mí como un elemento energético por el cual obtendría beneficios.


Erotizaba, debía aprovecharlo  y  por supuesto lo vi a él.




Omari con su sonrisa de siempre me pidió que lo dejara ir, que debía ocuparme de cuidar y propagar el mundo que fue nuestro, de lo contrario nuestro amor no tendría sentido. Debía ofrendar ese amor.



Cuando volví en mí,  la vieja tenía  una infusión caliente en cuenco de madera.


Me sentí  vivo. Sentí  que si seguía resentido, no merecía aquella  adoración, aquel amor inmenso. Perdoné y me perdoné.


- Pronto volarás hijo mío-dijo  Inani-


Llévate el puñal, y recuerda: Si eliges no vivir, úsalo. No mueras de a poco.


Que tu cuerpo sirva al menos  para dar de comer a la tierra.


Pero antes, devuélvele al rió todo el amor que te ha profesado. El tiempo y la energía que se pierden  no se recuperan  jamás.


Cuando mi primo Maximilian Von Klackner, IVº Conde  de Rhin-Berry, y IIIº Barón de Centina bajó del helicóptero que rompió la paz de mi aldea,  no puso pie en tierra, hundió su bota en un montículo de mierda de elefante que  casi  lo desmaya.


Mi gente se vistió de fiesta para recibir al gran insecto de metal.


Danzaron con sus plumas blancas, en tetas y en pelotas con pieles de leopardo y al ver esas largas porongas negras bamboleándose,  creo que a mi primo el culo se le hizo agua.


El  encuentro con el que de niños fuera un gordito malo,  nene de mamá  y ahora esbelto  dandy transpirando  mientras nosotros estábamos desnudos, me hizo ver donde estaba posicionado.


Sin sacarme los ojos de la verga mi primo me pidió que me vistiera.


El abuelo nos esperaba en Italia.


Continuará…

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