martes, 12 de julio de 2016

Las pensiones. El Braulio. Novena parte

José María Gómez | Las pensiones | El Braulio |

Braulio


El Braulio, porque viene al caso, se cansó en algún momento del dueño de la pensión. Y eso ocurrió por razones estrictamente económicas. Le pareció demasiada leche derramada por tan poca retribución. Para entonces, porque una cosa lleva a la otra, había tenido la oportunidad de conocer a un par de generosos caballeros que agregaban a los consabidos carlitos una bonita billetera (con unos pesitos adentro) o un pañuelo de seda embebido de una colonia extranjera cuyo frasquito incluían, claro, en el colmo de la magnificencia: antigüedades. Hoy serían zapatillas Nike o celulares pero no viene al caso, la cuestión es que de la noche a la mañana los atributos del Braulio pasaban de boca a boca (y nunca mejor expresado el concepto) y los pretendientes surgían como hongos desde los lugares más respetables: padres de familia, obispos, comisarios (dicho esto con alguna exageración, aclaro); lo que quiero significar es la atracción desmesurada que provocaba en esos círculos la asaz combinación de gallardía juvenil con un “pedazo” impresionante. Y el Braulio lo supo aprovechar.


 Durante ese periplo habíamos dejado de vernos, como expliqué, pero solía encontrarlo en lugares impensables a priori y siempre se acercaba a saludarme con espontánea simpatía pero también haciendo gala de sus prendas de moda o de sus ocasionales acompañantes. Una noche, inclusive, me siguió hasta el baño del Cairo, dejando a su maduro partenaire en la mesa y, ubicándose a mi lado, la sacó ya bastante endurecida de adentro de su flamante jean para mostrármela (como si no la conociera). “¿No la extrañas un poquito?”, me preguntó, amorosamente, y me hizo agarrársela mientras me besaba.


 La reiterada presencia del Braulio en el bar El Cairo (mucho antes de la fama actual del lugar debida a Fontanarrosa) era como consecuencia de que estaba “saliendo” con un escritor de relativa fama en la ciudad (el hombre escribía poemas muy románticos, con ambigüedad de género, y colaboraba en el suplemento cultural del diario La Capital, ubicado a media cuadra del bar). El poeta lo instruyó un poco, lo llevaba al cine, le pagaba la pensión (ahora vivía en una de la calle Presidente Roca) y, lo que provocaba no pocas habladurías, lo esperaba pacientemente en una mesa del bar a la salida de su empleo pues el Braulio, con estudiada indolencia, llegaba una hora más tarde a la cita. Muchas veces tenía sus motivos, como cuando iba a visitar a su madre a quien realmente apreciaba. Y en la casa se encontraba con su padrastro quien, por increíble que parezca, seguía viviendo allí (con planes para casarse exigidos por la institución en la que revistaba ya no como aspirante sino como cabo primero; indudablemente, tenía su vocación).  “Vos vas a terminar mal”, dice que Aldo le decía, mirándolo y tocándose libidinosamente.


Y así fue, por desgracia.


Continuará.


 
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