viernes, 29 de julio de 2016

Olor a hombre, en mi adoración sexual.

 olor a hombre


Otra vez sentía miedo. Pero debía cumplir con mi destino


Dispuse que dos viudas jóvenes fueran a entretener a los pilotos.


Expertas en chupar pijas,  les sacaron dos lechazos a cada uno y después, bien entrenadas para no preñarse,  se hicieron  coger por el orto hasta dejarlos agotados  debajo de un sicomoro.


Los pibes divertidos se acercaban a ver los dos tipos roncando con los pantalones bajos y  las vergas aun semiduras con hilos de moco que les  colgaban.


A mi primo le hice preparar un baño en mi choza. Lo ayudarían mis esposas y los hombres de mi séquito personal.


Pero  me contaron entre carcajadas  que pidió paños para cubrirse y no mostrarse, que se metió en calzones en el agua con una carpa que no se podía disimular y estuvo al borde de los gritos cuando quisieron fregarlo.


Se  quejó de nuestras toallas, del piso de heno, y como vimos que sería un problema  para una despedida íntima con mi gente,   le propuse  fuera a traerme ropa adecuada y volviera dos días después, porque yo solo contaba con taparrabos y algunas túnicas.


Los ancianos  que nunca se habían tragado mi relación con el León detestaban mi influencia con la gente.


Mis intuiciones, sostenidas por la adoración popular, se las masticaban con  estoicismo, pero me odiaban.


Haber tenido que legitimar el amor entre dos hombres como algo esperable y propio de la naturaleza cósmica no me lo perdonaban.


De modo tal  que mi  ida, sin saber por cuánto tiempo,  les daba ventajas políticas.


Aprobarían cualquier comunicación al pueblo que confirmara mi decisión.


Era real que toda  fundamentación mística venida de Inani era acatada por temor a los ancestros y no se cuestionaba  ni aún en privado,  porque los espíritus podían  escuchar.


Pero en mi ausencia, temía por la vida de la vieja.


Una muerte espontanea a su edad, pasaría desapercibida y yo deseaba hacer cumplir su deseo  de elegir ella el momento de partir de esta existencia.


Como en cualquier ocasión, esa noche danzaron:


"Didimvu Umzalwane viajaría al mundo de los blancos para pronto volver con grandes beneficios."


Eran ingenuos, creían y querían creer, tenían la capacidad de sorprenderse.


Solo vivían  pensando que el futuro sería  mejor.


Como no amarlos entonces, como no querer ser como ellos  y como no intentar que su  vida   fuera otra cosa, porque en un punto,  eran vulnerables,  y yo  les debía demasiado.


Tenían lo que muy pocas veces vi en individuos  humanos supuestamente civilizados, mucho menos como rasgo particular de toda una sociedad:


La  capacidad de amar, de velar por la  felicidad de  un otro, de cuidar al prójimo a pesar de tenerlo todo en contra en lo cotidiano  individual.


Cuando niños y mujeres se fueron a dormir, uno de mis “acólitos” me dijo que algunos  varones solteros querían una reunión privada conmigo.


Me montaron en litera, e iluminados  por antorchas me llevaron dentro de la noche cantando  alabanzas.


Cruzaron el rio nocturno que reflejaba la luna. Ivan conmigo en andas cuidando de no mojarme


Grandes hogueras en un amplio claro habían preparado,  y en el centro,   bajo las estrellas, una amplia  tarima mullida  cubierta con  pieles, jugos, licores de frutas fermentadas y  manjares hechos por sus manos masculinas.


Me quitaron mi atuendo ceremonial y me dejaron desnudo. Todos ellos se desnudaron.


Eran los negros más bellos de mi aldea, acaso unos 30 muchachos bien formados con  un niño  ciego con voz de ángel que acompañándose por un N´Goni(1)  cantaba una canción que hablaba del  amor en el agua.


Se arrodillaron y besaron la tierra frente a mí.


Se definieron como Izingani emfuleni(2), una especie de orden de  adeptos a la unión entre los hombres.


Me rogaron  que los dejara complacerme.


No tuve palabras. Solo los invité a que  se recostaran junto a mí y compartieran conmigo las ofrendas.


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El olor a hombre, a flores y  frutas  era delicioso.


Algunos empezaron a besarse y yo me puse al palo.


A cierta distancia había un joven hermoso de mirada inquietante. Le estire la mano.


Me besó primero la palma  y después la boca mientras otros dos,   uno me agarraba la verga lamiendo la cabeza mocosa y el otro  me tragaba los huevos y luego se comían las lenguas.


El de ojos bellos me puso de pie. Con las piernas abiertas y algo inclinado deje que un cuarto me chupara el ojete.


El  de ojos de fuego se puso detrás de mí. El chupador de orto resulto tener un culo maravilloso y se me puso en cuatro. Los otros siguieron mamando a este último mientras yo lo garchaba.


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Lo taladré a fondo.


No pude resistirme al puerteo del que me había comido con los ojos y ahora me comía el cuello y las orejas.


La sentí adentro  gruesa.  Era Yo,  empalado y  empalando.


Encontramos la forma de serruchar armónicos y acabamos como burros los tres, mientras los cuerpos iluminados   se movían como una oleada y las vergas sobresalientes  escupían y escupían


Culos abiertos y temblorosos chorreando leche, músculos retorciéndose y yo, entre ellos,  entrelazado,   pegoteado en  negros sudores masculinos mientras me daban una nueva mamada y chupaba otra pija y luego un ojete  en tanto me acariciaban, me lamían y me llenaban el cuerpo de guasca besándome hasta hacerme acabar mas veces y quedar dormido.


Resolví  que ellos fueran los protectores directos de Inani con sus propias vidas, y dejé en manos de la vieja la supervisión de la crianza de mis hijos.


Vi la aldea desde el aire por primera vez:


La abrazaba la cerrada curvatura del Limpopo y la rodeaba el verde más intenso. Era perfecta.


Cebras y jirafas huían galopando. Allá una familia de elefantes y desde  la espesura, sentí que nos miraba un blanco León.


Un  bosquecito de acacias acogía rinocerontes negros que alzaron hacia nosotros sus  narices unicornes


Donde estarás  Omari, donde…


En África  quedaba latiendo mi corazón con mi espíritu y con mi alma.


Cómo no llorar entonces frente a la mirada imbécil de mi primo.


- África volveré!!


Y vaya si volvería.                          


Continuará…





  • (1) N´Goni: Instrumento de cuerda africano como un arpa con caja de  resonancia



  • (2) Izingani emfuleni: Expresión que dice de ser hijos o semillas del rio y que es referida a mi último momento con Omari


4 comentarios:

Ludus dijo...

Hola Juan Manuel,
Espero tus relatos con gran expectativa. Me gustan mucho.
Gracias

Harry dijo...

Extraordinario! Don Juan Manuel, su vida es para un film seriamente hecho, aunque sea explícito !

Jose Accion dijo...

Que hermoso capítulo éste. Lleno de sentimientos y sensualidad que me hizo esta vez imaginarme en una situación así, permanentemente al palo, sin violencias ni discriminación de roles, en un goce perfecto, casi de comunión, que se ve que nunca se rompería. Muy acertado también la exposición de "poderes" sus manejos y tendencias.
Bellísimo el amor hacia la vieja y la protección encomendada vía doble,
Enmarcada la despedida desde un admirable paisaje en vista aérea.
En humorismo y mordacidad complementa el anterior, respecto al primo y su diferente "cosmovisión" de las cosas y por partida doble: el homenajeado era el insecto de metal no el humano que descendió de el, ni sus ridículos "pruritos".
Excelente, me estoy "enamorando" de ésta historia.

Juan Manuel Di Laurentis dijo...

Gracias señores, nada mejor para mi como relator de mi historia, como escritor, que el poder trasladarlos a aquellos lugares que han cambiado mucho pero, a mi criterio para bien de ésta, mi gente. He hecho lo propio al respecto y ya lo irán viendo, falta mucho aun para llegar al presente. Respecto de lo explicito es algo que quiero regalarles. El sexo para mi es lo natural, y para ellos también aun cuando las conductas individuales al menos de esta parte del mundo son tan histéricas. Gracias por seguirme, ya lo irán viendo. Gran abrazo!