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Me gusta hacerte el orto

Por Clark - Me gusta esperarte en pelotas mirando la ciudad desde el balcón, con los huevos cargados, con la verga babeante, con esta verg...


Por Clark - Me gusta esperarte en pelotas mirando la ciudad desde el balcón, con los huevos cargados, con la verga babeante, con esta verga siempre alerta.
Me gusta escuchar que te anuncias; abrirte la puerta; contemplar tu simulacro de no apreciar lo que me cuelga, de no advertir mi desnudez.
Me gusta que me des la mano firme, que sepamos que todo será entre caballeros y que aceptes solo agua, acaso porque después volverás a tu rutina o quizás por temor a perder la cabeza.




Me gusta hacerte el orto. Lo sabes.

Te invito a desnudarte y a ponerte boca abajo.
No es el mantra pronunciado por los monjes como música de fondo que nos envuelve en su letanía.
No es la porno en la pantalla, ni las velas o el incienso.

Es que somos sacrílegos.
Yo por mi adicción. Tú por tu secreto.
Y son mis manos las que toman tu pie como a una paloma a la que se le impide volar.
Volarías si pudieras. Huirías.
Mis manos tienen ojos de mosca en cada dedo, descubren acechantes los rincones ocultos de tu deseo.

Entonces se abren pantorrillas, se estiran falanges.
Mis palmas se despliegan como cóndores para arrasar tus piernas.
Y llego a tus glúteos, los amaso, los acaricio, los castigo.
Separo tu carne como a un durazno y su flor escondida titila.

Toco entonces con mis yemas aceitadas esa flor cerrada.
La soplo con mi aliento, le paso la lengua.
Se contrae y quiere abrirse, y mi verga se vuelve un Boeing que pretende despegar, pero conservo la calma. 

Tu no gimes, no respiras.

Mi verga encendida roza tu mano, es verdad que sin querer.

Entonces enloqueces...

Ya estás listo.

Acerco la verga a tu cara, y eres un ternero hambriento.




Soy tu sacerdote ritual y me subo a la camilla. Es mi altar de los sacrificios donde eres Tú la ofrenda.

Te cubro con mi cuerpo.
Hundo mi mástil entre tus piernas aceitadas.
Junto tus pies con los míos y comienzo con tu espalda.

Ahhh...tu espalda... mis manos presionan.

Mi lengua lubrica y ama tus orejas.

Paso los brazos por debajo de tu cintura, subo rodeándote hasta tus axilas.

Transpiras.

No muevo la cadera, eres mi presa.

Hago que se mueva mi verga por sí sola entre tus piernas mientras con mi abrazo hago crujir tu columna.

Me gusta hacerte el orto ¿te lo he dicho?

Añoro esa flor que es un capullo que me espera con sus pestañas mojadas.
Te pongo boca arriba. Tu pene se ha convertido en un obelisco.

Masajeo tu cara, tu pecho y otra vez tus orejas.

Me pongo en cuatro. Soy el que te invita.

Lo tuyo es escapar. Lo mío en cambio es el pretexto para consagrar mi vicio.

Entras a mi culo de macho con torpeza. Muevo mi cadera. Soy el que te dirijo.

Uno, dos, tres, cuatro. No aguantas. Uno, dos tres…te desmoronas dentro de mí. Te hice acabar.

Mi lengua te penetra. Tu orto es una amarga y oscura pasionaria.

Tu orto es la puerta animal de todas tus miserias, de todos los secretos de este mundo.


Apoyo la cabeza ardiente de mi verga en esa puerta.
Presiono.
Ruegas.
Entra.
Respira hondo -te susurro-
Y fuerzo despacio la segunda puerta.


No lo puedes creer.
Me retiro.
Y ahora embisto hasta el fondo.
Mi pecho peludo te forja alas en la espalda.
Hice de tu orto la recepción del Todo
Y tuerces la cabeza para que una boca masculina te coma por primera vez la tuya.


Te cojo feroz y te acaricio con aceites los huevos, las tetas y la pija.
Me detengo.
Me muevo lento pero firme.
Suficiente como para que tu carne erizada estalle a borbotones otra vez.


Pero esta vez más largo, más complejo.

Tienes un orgasmo que te sacude la médula.

Me gusta hacerte el orto.

Tu próstata late al compás de tu corazón desbocado y mi verga lo celebra.

El anillo de tu orto enrojecido se desmaya.



Te limpias, te vistes apurado. No quieres ducharte. Me pagas.

Te despido con un beso en la boca.
Se te cae una lágrima.

Me gusta hacerte el orto.

Me dices Gracias.