miércoles, 18 de septiembre de 2019

El macho dominante de la verga robusta. Un flaco Ideal.


Por Federico Edwards | Ya me pegaba la vuelta, adormecido por el embole, cuando lo vi entrar. El flaco entró como si estuviese en su casa, una actitud atípica para todos los que frecuentábamos el Ideal, en especial para los que teníamos el anillo de compromiso enterrado en algún rincón de la campera o escondida en la media de algodón. Pantalón negro, botas de cuero, campera noventosa, no dejaba ver ningún signo de incomodidad, su andar era sensual, desenvuelto. Fiel a su estilo, un chupín bien ajustado terminaba de componer su look, a la vez que le marcaba un delicioso paquete. “Tiene tatuajes, seguro”, pensé. 

Apenas pagó la entrada, enfiló directo al baño y me paré para seguirlo, pero en cuanto me incorporé ya se me había adelantado una bandada de cuatro o cinco putos carroñeros, un puñado de jovatos oportunistas sorprendentemente más rápidos que yo y con claras intenciones de abordarlo en los mingitorios. Me resigné, pero me quedé quietito en mi lugar, expectante: al poco tiempo salió ileso, rápido, resuelto, y se internó en una de las salas. Con el morbo activado después de haber estado por más de una hora en ese lugar, me paré como autómata y me adentré en la sala en la que lo había visto ingresar. 

En pocos segundos, ya estaba a metro y medio de él: sentía su perfume de macho, su aroma a “limpito”, pulcro. Un nene bien, un morocho con barba y pintón no pasa desapercibido, y menos en ese lugar. Estaba paradito y apoyado en la pared trasera del cine (todos sabemos para qué), y sin dudarlo un segundo le rocé el paquete con una mano, pero me rechazó con un empujón y se fue. 
Embolado por esa actitud de mierda, salí de la sala y ya pensaba en volverme a mi casa, sin pena ni gloria; pero algo me detuvo y me hizo seguirlo por las escaleras al primer piso. Caminé a pocos metros de él, sintiendo todavía ese perfume riquísimo, mirándole cómo se le marcaba el orto en el chupín a medida que subía los peldaños, qué bueno que estaba. Nos internamos en el laberinto/darkroom/lugar con paneles y sillones forrados de cuerina y donde siempre ponen una radio con música ochentosa. Apenas entré vi a dos chabones, uno arrodillado entre las piernas abiertas del otro, mamando verga tan sonoramente que me empecé a excitar al toque. Podía sentir en mi propia mandíbula los chupones que aquel desconocido le profería a esa verga anónima, instantáneamente se me hizo agua la boca. Al parecer, esta escena calentó a mi flaco también, porque sin perder el tiempo, se bajó el pantalón hasta el tobillo y empezó a pajearse en la cara del tipo que estaba recibiendo la mamada. De la nada, aparecieron dos tipos más, que en idéntica actitud morbosa se bajaron los calzones para darle goma en la cara al suertudo que tenía al putito goloso entre las piernas. Tanto olor a verga acumulada, tanta atmósfera de pija caliente me subió la calentura a los ojos, sentía un vapor en la nuca y en los cachetes. Sin pensarlo dos veces, me bajé el pantalón de un solo movimiento y me arrodillé como el puto goloso, pero frente a la pija que me llamaba el interés: la de mi flaco morocho. 

¡Qué pollón tenía el hijo de puta! Gruesa desde la base, se iba afinando hacia el glande y caía en dirección al piso con pesadez embutida, parecía estar diseñada para excavar laringes. Puse mi mejor cara de puta y saqué bien la cola en actitud "devora-pija", se vio desafiado por esta actitud y esta vez no se pudo negar: apenas abrí la boca ya la tenía toda adentro; palpitante y gruesa, su calentura rebotaba nítidamente en el hueco mojado de mis fauces. Apresado por ambas manos suyas, me costaba respirar, el flaco arremetía con violencia en todo momento, qué... hijo de puta, pensé. No sé en qué momento, el tumulto de putos levantó la carpa y se disipó, quedando en el recinto sólo el putito goloso y yo, frente a nuestro delicioso amo vergón. El puto goloso era un pelado maduro de barba gruesa, de aproximadamente cuarenta y pico de años, peludo en el pecho y en el culo. Se lo veía poseído por un hechizo febril que le impedía parar de chupar, lamer y buscar pija con la boca, en todo momento la transpiración le corría por la frente ante el esfuerzo que esta empresa le demandaba, en todo momento la lengua le bailoteaba desde los huevos de mi macho hasta su floreciente cabeza húmeda.
En poco tiempo, patinábamos nuestras lenguas alrededor de la pija del flaco en un festival de baba, sorbiendo con desesperación los fluidos que chorreaban, abundantes, desde la cabezota que coronaba ese tronco directo a nuestros labios, al rojo vivo, suspirando nubes de calentura y resoplando con gemidos sobre las débiles hileras de saliva que se desprendían de nuestras bocas y se quebraban con facilidad o se confundían con su producto pre seminal. En un momento dado, éramos sólo dos cabezas sin cuerpo, manipuladas por manotas morenas al antojo de nuestro captor, dobladas y amañadas para hacerse con la posición que mejor le permitiera perforarnos la boca, la chota rojiza y saltona se imponía señorialmente frente a nuestros ojos, acompañada por dos huevos que le colgaban holgados, aunque asimétricos, y que teníamos el gusto de succionar con comodidad y sin rozarnos las caras.

El pelado puto era voraz y frenético, a veces rozaba lo ridículo en la forma de gruñir con cada lamida que le profería al tronco venoso del morochazo, qué suerte tuvimos de adorar esa pija soberbia que no pedía otra cosa que ser venerada por bocas y culitos complacientes, con rajas palpitantes de calentura, relucientes de lubricante o baba, listos para su uso y desuso. Cada vez que yo soltaba su pija para que el otro se la chupara, el flaco me ponía los dedos en la boca y me hundía tres dedos hasta sentir mi campanilla, me provocaba grandes arcadas que terminaba por evacuar sobre su poronga, humectada ahora por mi saliva y los restos de quien sabe qué, para luego obligarme a lamerlo todo con devoción y disciplina. Era evidente: el flaco se regocijaba en su dominio, en su poder sobre nosotros, en la posesión de dos cabezas obedientes que adornaban su pija pero que también se peleaban por poseerla.


Para mantener el equilibrio, yo apoyaba una mano sobre la pared y descansaba la otra en su bota negra: la sensación del cuero en mi mano y el inconfundible aroma que despedía me llegaban como una caricia, me calentaba la sola imagen de mis dedos reposando sobre el cuero al que le lloviznaban, ocasionalmente, las gotas de baba y presemen que nuestras bocas no podían capturar. Al lado mío, el pelado estaba como loco, de vez en cuando lo miraba de reojo: la cabeza le relucía de transpiración, la luz verde del cartel de salida de emergencia le brillaba en su pelada lisa, llana. El flaco se retorcía sobre nosotros, se doblaba y se erguía, gozando de ver a los dos putos-mascota relamerse los labios y los bigotes con su pija dura, abundante. De vez en cuando nos cacheteaba con su tronco para recordarnos lo putos que éramos y lo sumisos y vulnerables que nos encontrábamos en esa posición, el otro arrodillado y yo de cuclillas, el cuerpo colocado y el interés puesto en la veneración de su poronga, las manos pegajosas por apoyarlas en el piso y las paredes de ese cogedero de mala muerte, impregnado de olor a lavandina para tapar las décadas de pucho, guasca y cerveza barata. Mis ojos lloriqueaban de placer por las embestidas que estaba teniendo la suerte de recibir, mis cachetes brillaban de saliva y al flaco le brillaban los ojos de satisfacción, se adivinaba el goce que estaba sacando de ese festín puteril. Entre tanto gemido involuntario se me escapaba, de vez en cuando, una risotada jocosa, infantil, juguetona, me sentía tan feliz de estar saboreando esa pija tan robusta y deliciosa junto a un puto igual de sumiso y entregado al juego como yo, anhelante de lo que sea que nuestro papi nos tenía para dar. Pensar que me quería ir, pensé. Sentía en las tripas hervir un agua densa y placentera, me aferré de las nalgas de mi amo con ambas manos y cabeceé hondamente hasta sentir los pesados chorros de leche caer en mi garganta. Los gemidos delatores del flaco alertaron al pelado puto, quien maniobró con velocidad sacándome la pija de la jeta para así metérsela en la suya y absorber los sobrantes de lechita que pudieran quedar.

Satisfecho, el flaco se paró, se subió los lienzos y se fue. Quedé un rato largo en esa posición, de rodillas, saboreándome la rica enlechada que me perduró en el aliento por un buen rato.


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