FALSE

Page Nav

HIDE

HIDE

HIDE

Grid

GRID_STYLE
TRUE

Top Ad

//

Últimas novedades

latest

Historias de tacheros: el cazador, cazado.

  Mario Madrigal  | La vida del taxista es un infierno rutinario. Si bien uno podría pensar que cada viaje es distinto a los demás, nada hay...

 Mario Madrigal | La vida del taxista es un infierno rutinario. Si bien uno podría pensar que cada viaje es distinto a los demás, nada hay más alejado de la realidad, y después de diez años de girar por la Ciudad de Buenos Aires todas las caras y todos las calles parecen ser la misma que se repita una y mil veces. 




Todas las noches uno repite la misma rutina; come en el mismo lugar, gira por las mismas calles y carga combustible en la misma estación de servicio.

Lo único que altera la rutina de vez en cuando es cuando uno se puede echar un polvo, y hasta eso termina siendo previsible. Así que uno pasa de las chicas a los travas y de los travas a los pibes sin mayores complicaciones. Hasta que después de un tiempo te encontrás mirándole el culo al morocho de la estación de servicio.

El morocho no es no demasiado lindo ni demasiado feo, es un morocho promedio, alto, bastante atlético y, por sobre todas las cosas, el pantalón le marca el culo de una manera escandalosa.

No se si le dieron uno que le queda chico, o si el culo se le marca porque sí nomás, pero lo cierto es que cada vez que me viene a cargar combustible no puedo dejar de mirarlo. Y él se da cuenta.

La rutina es siempre la misma; me detengo junto al surtidor, le doy las llaves y le pido las del baño. A esa hora, entre las 3 y las 4 AM. Nunca hay nadie así que puedo tomarme el tiempo que necesito para enfrentar el último tramo de la noche y la primera mañana.

Pero a medida que empecé a interesarme por el culito del morocho incluí una sesión de acoso que comenzó amasándome el bulto a ver si reaccionaba y, al ver que miraba con interés, pasamos a frotadas y apoyadas cada vez más explícitas, aprovechando que a esa hora y en ese barrio no entra nunca nadie a cargar nafta.

Una noche, después de haberle manoteado la entrepierna le pedí la llave del baño y lo invité a acompañarme.

Pero me dijo que no, que estaba solo, pero cuando estuviera el compañero veíamos.

La cosa es que pasaron los días y siempre lo mismo, que no estaba el compañero y que no podía dejar la playa sola.

Después de varias semanas de franela tener que aguantar que un morocho de la estación de servicio me diera vueltas para echar un polvo en el baño me empezó a llenar las bolas y una noche decidí que era el momento de proveedor de combustible. Aunque le iba a dar una última oportunidad.

Le di las llaves del auto y le pedí las del baño, pero sin esperanzas y casi mecánicamente...

Pero cuando me estaba dirigiendo al baño escucho que me dice: “Hoy vino mi compañero, Hace lo tuyo y esperá un ratito”. 

Así que fui, hice “lo mío”, me higienice exhaustivamente con las toallas húmedas que siempre llevo en la mochila junto con los preservativos y un gel lubricante, y me dispuse a esperar mientras me lavaba las manos.




A los pocos minutos siento que se abre la puerta y que se cierra con llave, pero cuál no fue mi sorpresa al ver, por el espejo del lavatorio, entrar a un morocho pero cincuentón, enorme y con una panza prominente.

Mi primera reacción fue agarrar la mochila y salir de ahí de cualquier manera, pero el morochazo estuvo detrás mío antes de que pudiera moverme, me puso las dos manos en los hombros y me dijo; “Tranquilo amigo, quédese tranquilo que no pasa nada”

Yo tenía la recaudación encima y nada de mucho valor, así que me dispuse a darle todo. Pero el destino me tenía preparada una sorpresa mayor.

El morochazo sonreía, lo veía por el espejo, y me pasaba las manos por los hombros y la espalda haciendo un poco de presión, cada vez más, hasta que me obligó a apoyarme sobre el lavatorio.

Bajó las manos hasta mis caderas al tiempo que adelantaba las suyas hasta quedar con su bragueta pegada a mi culo y empezó a frotarse, más y más fuerte. Podía sentir perfectamente su bulto endurecerse contra mis nalgas.

“¿Así que esto es lo que querés?” me dijo con un acento litoraleño, correntino o paraguayo tal vez.

“No exactamente” pensé, o le dije. Mi idea siempre había sido cojerme el culito del morocho y por lo visto las cosas se estaban dando vuelta y el cocinero pasaba a ser el plato principal.

No voy a decir que nunca me colaron una poronga por el culo, porque estaría mintiendo. Pero puestos a escoger, prefiero dar a recibir.

La cosa es que el morochazo me estaba apoyando duro, me había levantado la remera y me acariciaba la espalda y el pecho con unas manos enormes y ásperas mientras seguía sonriendo y a mi la situación ya me estaba empezando a gustar bastante más de lo que estaba dispuesto a admitir.

El morochazo actuaba con conocimiento, sin apuro, duro pero sin violencia, dejando en claro que mandaba él y que se hacía lo que él quería.

Despacio me bajó los pantalones, me abrió las piernas y sin dejar de sonreír se alejó un poco para mirar el panorama de mi culo al aire.

“Abra las cachas”, me ordenó y yo le hice caso. Apoyé el pecho en el lavatorio y con mis dos manos me abrí las nalgas para dejar a la vista mi orificio.

Ya no podía verlo por el espejo, pero escuché como se desabrochaba el pantalón. Después sentí sus manos que me recorrían toda la raja del culo, se detenían en el ano, bajaban por las piernas y de pronto un calor y una humedad inconfundibles. El morochazo me estaba puerteando.

Me frotaba la cabeza de su pija por el culo, me recorría toda la raya y cuando pasaba por el ano hacía fuerza para entrar, pero no entraba.

Después de un rato me animé y le dije “Perdone amigo, en la mochila tengo preservativos y lubricante, por favor úselos”

“Muy bien” me respondió y así lo hizo.

Cuando sentí que me pasaba gel por el ano y empujaba un poco con su dedo le pedí “Por favor, despacio”

“No se preocupe amigo, se lo que hago” Y agregó “¿Sabe cuántos como usted me como por semana?”

No, la verdad es que no sabía ni quería saberlo. Lo único que quería en ese momento es que me la metiera de una vez por todas, y ese era un sentimiento que me desconcertaba.

Y la verdad es que sabía lo que hacía.

“Abra bien esas cachas” me ordenó en un tono serio, como un médico cuando te pide que tosas.

Apoyó la cabeza de su pija en mi culo, me puso las manos en las caderas y empezó a empujar muy de a poco.

“Tranquilo que va lindo!” me repetía a cada rato. Cuando sentía que yo me resistía un poco aumentaba la presión de sus manos; cuando sentía que me relajaba presionaba con su pija que lentamente se abría paso.

Hasta que en un momento dejé de resistirme y me relajé por completo. El universo mismo desapareció, o mejor dicho, todo el universo se concentro en mi culo que se abría para dejar paso a la poronga del morochazo.

“Ahora si, muy bien!!”Dijo casi en un susurro y yo sentí como entró la cabeza y el resto del tronco fue entrando despacio pero sin pausa.

Fue un instante tal vez en el que tuve la sensación de poder sentir cada pliegue, cada vena de esa pija como si la estuviera tocando con las manos y viendo con los ojos.

La poronga fue entrando hasta que sentí que su cadera chocaba contra mis nalgas. Entonces me agarró firmemente con las manos de la cadera y me atrajo hacia él para enterrar su pija algunos milímetros más.

“Muy bien, se está portando muy bien amigo, lo felicito!” me dijo y empezó a bombearme lentamente.

Se ve que el morochazo sabía bien lo que hacía y lo que quería porque empezó con un ritmo y no lo varió hasta el final.

“Ahí va” decía a cada rato y bombeaba lento y largo, lento y largo. Sacándola casi toda y metiéndola hasta los huevos una y otra vez sin variar el ritmo hasta que en una metida se afirmó en mi cadera, la metió bien hasta el fondo y haciendo unos ruidos como de ronquido descargó en cinco o seis espasmos todo su semen. Si no hubiera tenido el preservativo estoy seguro de que yo hubiera acabado también en ese momento, pero pudo ser.

Quedamos así abotonados un rato. Después la sacó, sentí como me sacó el preservativo del culo y lo tiró a la basura y me dijo “Vaya y lávese bien amigo, que ha quedado medio embarrado”

Agarré mi mochila y me metí en el cubículo del inodoro; al cerrar la puerta pude ver por primera vez lo que me había metido mientras se la lavaba, era muy impresionante y ya no estaba al palo.

Me senté en el inodoro y me limpié con papel y los paños húmedos. Estaba temblando, las piernas me dolían, el culo me latía, estaba mareado, tenía nauseas y los huevos amenazaban con estallarme si no eyaculaba de inmediato.

Me empecé a masturbar y en ese momento siento la voz que me ordena “No se vaya a hacer la paja amigo, que no terminamos”

“¿Cómo que no terminamos? ¿Qué quiere hacer ahora?” No me contestó. Escuché como se abría la puerta y cerraba con llave.

En ese momento tuve miedo, atiné a abrir la mochila para ver si me había afanado; pero no, estaba toda la recaudación.

No sabía qué pensar, y tampoco tuve tiempo.

Escuche que se abría la puerta y se cerraba con llave nuevamente, unos pasos se acercaron al cubículo y se detuvieron frente a la puerta.

Una voz que no era la del morochazo dijo “Permiso” y abrió la puerta. Ahí estaba el morocho del culito tentador con cara divertida.

“Le dije que teníamos que esperar a mi compañero”

Ahí nomás se bajo los pantalones y se sentó sobre mi pija que estaba a punto de estallar. No me dio tiempo a nada, se ensartó a pelo aprovechando que tenía la cabeza llena de fluido seminal y que él tenía un culo que evidentemente había participado de mil batallas.

Me cabalgó dándome la espalda con sus manos apoyadas en mis rodillas hasta que le llené el culo de leche, litros de leche. Sin pararse, sin sacarse mi pija de su culo se recostó sobre mi y me llevó la mano hacia su miembro bien erecto, así, en esa posición lo masturbé hasta que se corrió en el piso, en sus piernas y en las mías.

Después de un rato se levantó, del culo le escurría un poco. “Quedate así que te limpio, le dije”

Le inclinó y se abrió las nalgas para que lo limpie. Me dio las gracias, se levantó los pantalones y se fue.

Yo me limpié como pude, me vestí y salí.

Afuera estaba amaneciendo, el morocho estaba apoyado en mi auto.

“¿Su compañero?” le pregunté

“Acabó su turno” me dijo

“¿Y el tuyo cuando termina?”

“En un rato” me dijo

“Querés que te acerque?”

“No gracias, vivo acá nomás, pero mañana lo veo, no?”

“¡Seguro!”
 

Mario Madrigal