viernes, 15 de enero de 2016

Ismael (Dios oye). Segunda parte

José María Gómez | Nosotros y los Baños| Los Putos|

ismael2Tenía hambre de abrazos, abrazos fuertes, de hombre, de esos que se necesitan para vivir. Y no es que los estuviera mendigando: una vez que descubrió la fuente inagotable, es decir, cuando supo que yo podría brindárselos sin límites, se entregó a ellos con fruición. Entraba sigilosamente a la cocina cuando yo estaba preparando un jugo y me rodeaba con sus brazos largos y no me dejaba tranquilo hasta que yo me diese vuelta para atraparlo. Entonces cerraba los ojos. Todo su cuerpo se ablandaba, se hacía frágil, sedoso, adoptaba maravillosamente la forma de mi propio cuerpo como entregándose.

Ismael es un poco más alto que yo pero yo soy más fuerte. Atenazándolo, aprovechaba también para mirarlo. Su rostro hermoso que imaginaba también virgen de caricias me provocaba ansias, deseos de besarlo. Sus labios delicados que abría levemente implicaban promesa y también desenfreno. A veces hubiera preferido que en esos momentos me mirara, descubriera en la comisura de mis labios la saliva o pudiera atisbar, en el fulgor de mi mirada, qué otras cosas o cuántas sería capaz de hacer (además de abrazarlo) si me lo permitiera; entre ellas, convertirme en puño y que el abrazo tierno se haga feroz, inevitable, capaz de atravesarlo como a una mariposa de coleccionista. Pero él también lo sabía, y esperaba el momento. Me lo dijo después, cuando pasó todo. Y digo “pasó todo” con una liviandad mentirosa, es increíble que sólo dos palabras intenten referir a tanto fuego y a tanto crimen (pues ese amor estuvo a punto de matarme).


En “Un tranvía llamado deseo” hay un texto de Blanche Du Bois con relación a Stanley Kowalski: “Ese hombre me va a destruir”. Salvando las distancias, Ismael me dijo que pensó, cuando me vio la primera vez en la estación: “Ese hombre me va a cojer”.


Vuelvo a los abrazos. Derrumbado sobre mi cuerpo y yo sosteniéndolo con firmeza, comenzamos a registrar la tibieza que se alojaba ahí, en donde somos hombres. El roce todavía fugaz se fue avivando, creció, en algún momento descubrimos que nos abrazábamos para eso nada más, para restregarnos las pelotas. Él, Ismael, al principio laxo, su montañita que se haría feroz se acomodaba, tierna, y sostenía mi embate. Más tarde reaccionó. Ahora, cada vez que nos abrazábamos, echaba su cuerpo hacia adelante, apretaba, sostenía mi calor con el suyo, como midiéndonos, las dos durezas todavía inocentes preparándose para el desastre, el momento anhelado en que escaparían del nido para destrozarse.


Amo a Ismael, quiero decir, me calienta, y él lo sabe. Lo dijo al cabo y espontáneamente mirando ahí: “¡Estamos al palo, eh”!, y golpeteó un instante con sus dedos dejándome como loco.


 


(Continuara)


 


 Leé acá de José María Gómez: “Ismael (Primera parte)”

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