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Las pensiones. El estudiante de medicina. Tercera parte

El estudiante de medicina / José María Gómez / Nosotros y los baños / Los putos / Todo se desencadenó (para bien de nosotros, Roberto y yo) ...

El estudiante de medicina / José María Gómez / Nosotros y los baños / Los putos /

El estudiante de medicinaTodo se desencadenó (para bien de nosotros, Roberto y yo) a raíz de la represión de estado. Lo que en poco tiempo después se convirtiera en una plaga (grupo de soldaditos comandados por un oficial llevándose a los estudiantes de los pelos), tuvo un primer antecedente en la pensión. Vinieron a buscar a uno, recién llegado y del que desconocíamos hasta el nombre, y se lo llevaron a la rastra, lastimado, por lo que pudimos ver, y desnudo, por si hacía falta. No pudimos dormir en toda la noche.


Era verano y, como siempre, hacía mucho calor. Nos refugiamos en la cocina, algo asustados, y cada uno hablaba de lo que podía. Yo también. La única diferencia era que, por razones harto comprensibles, yo no podía substraerme al hecho de que todos, incluido yo mismo, estábamos en paños menores. Parecía una fiesta temática, las de boxer (aunque faltaban décadas para que se inventaran) o, mejor, un “pijama party” (y nunca mejor empleado el término) como el que  acostumbran a hacer los escolares, aunque esta vez era de creciditos, bastante creciditos, a decir verdad, pues en este caso, y no solamente el estudiante de derecho, los bultos que exhibían eran monumentales.
Pero ocurría otra cosa. Tal vez la emoción de la jornada, un cierto apego al grupo, la sensación indefinida de que cualquiera de nosotros pudo haber sido arrojado a lo desconocido (hubieron hipótesis descabelladas al respecto) y, por oposición, la certeza de que permanecíamos allí todavía y a salvo, provocó un clima de camaradería viril, un entusiasmo indefinido ante la presencia del otro, el cuerpo del otro que en esos preciosos momentos se mostraba tal cual era o casi, apenas cubierto por una breve prenda que más que esconder, vaticinaba. En síntesis, el ambiente fue mutando en un clima erótico, de alguna manera sorpresivo e, inevitablemente, las manos hasta ahora ocupadas en describir el suceso se acomodaban subrepticiamente sobre una tetilla, frotaban las propias espaldas y, las más atrevidas, no dudaban en posarse con deliberada procacidad sobre las vergas. Uno de ellos, un flaco bastante lindo que siempre andaba haciendo bromas sobre el sexo, no se pudo contener. La sacó (y la recuerdo muy larga, de esas curvadas hacia arriba) y exclamó, para sorpresa de todos (y secreta alegría): “Yo me voy a hacer una tremenda paja…si alguien me quiere acompañar…” y salió, la verga hacia adelante, como un faro ardiente. Algunos me miraron. Sentí que me incendiaba.


Entonces lo miré. El estudiante de medicina, blanco como la leche, rubio como el trigal y hermoso como un sol se apoyaba sobre el mármol de la mesada colocando una pierna voluptuosamente sobre la otra, se mordía con delicadeza las uñas de la mano derecha y, la otra, para mi desesperación, descansaba indolente sobre el promontorio. Entonces me miró. Intensamente. Y yo le dije: “Sí”, con la mirada pero también con el corazón. Le dije: “Sí, cojeme”, y se lo dije con todo el alma. Y comprendió. Y entonces hizo algo inexplicable. Abandonó de repente su actitud displicente, cruzó la pequeña habitación y vino hacia mí. Y me agarró de la mano. Juro que fue así. (Fue tema de chismes y cargadas durante varios días). Y me sacó de allí, raudamente, hacia su pieza.


No encendimos la luz, no hacía falta. Era verano, ya lo dije, y la luna, haciéndose un lugar entre los edificios vecinos, entraba raudamente por la puerta del cuarto. Lo recuerdo muy bien. Bajo la luz fría, como se dice, los rayos de la luna convirtieron al cuerpo de Roberto en una esfinge de plata. Su cuerpo era sin mácula, increíblemente proporcionado (yo ya había estudiado sobre el canon griego), vivo y, la prueba capital, enarbolaba una pija extraordinariamente bella y erguida que hacía estallar el paisaje. Me arrodillé.


Continuará.

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