martes, 28 de junio de 2016

Las pensiones. El Braulio. Séptima parte

José María Gómez | Las pensiones | El Braulio |

 

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Y fue una hermosa fiesta, en ese baño. Y mientras me lo contaba, y yo seguía refugiado en sus brazos, su cuerpo comenzó a irradiar un suave resplandor, como si se iluminara, y a través de ese efecto me resultaba muy fácil poder visualizar a través de sus palabras la alegría, el descubrimiento inicial, la excitación primaria que se apoderó del Braulio esa primera vez, apenas su vecino, de la edad de su padre, le manoteó la pija.


No lo podía creer, le resultaba irreal y extraordinariamente placentero, como si todo lo conocido hasta ese momento se invirtiera, era divertido y triste al mismo tiempo, no sabía por qué, como si hubiera perdido algo y de repente lo encontraba. Y todos los hombres con los que se encontró en esa tarde inaudita actuaban correctamente, como si supieran, una lógica fatal e inexorable: la de ser arrojados ahí, y en esa hora, dasein (ser – ahí y, también, estar haciendo algo ahí… pero deleitoso). No obstante, el hombre mayor (y a quien la filosofía alemana en ese instante no le servía para nada) se ocupó de lo suyo, con fervor, con las manos primero y enseguida con la boca, feliz, ensimismado, aunque de tanto en tanto lo miraba. “Fue genial”, abundaba el Braulio, “él es el culpable de que me guste tanto”. “¿Qué?”, le preguntaba yo, para saber “Eso, coger ahí, de golpe, como un regalo, como cuando de chico te regalan algo”.  Por eso iba a los baños.


Pero más tarde el Braulio estuvo con los otros, para mayor satisfacción y prístina enseñanza (que algunos parroquianos deberían aprender): la de todos con todos y también la de uno en uno, porque la libertad es libre, según se dice (aunque la prohibición es mala consejera). Y todos contentos. Y el que se alegró mucho, según siguió contándome, fue un muchachito que, aunque parezca incierto, era (o parecía) menor de edad (aunque nadie le pidió el documento). De todas formas, el Braulio también andaba flojo de papeles, estaba al límite, por decirlo así, y juntos, porque la correspondencia etaria los unía, se repartieron los favores, es decir, las vergas, los labios y los besos, para la algarabía general.


Con quién más “compartió” el Braulio fue con un tipo recio, varonil y muy dotado que era habitué a ese cine, mejor dicho, a ese baño (a quien yo justamente conocía). Digresión: El susodicho tenía un auto nuevo y acostumbraba a sacar a pasear a los pibes que se animaban y, obviamente, andaban con ganas de probar, generalmente jovencitos de buena posición social. Entre ellos un amigo que tuve, R., quien me contó que en el momento culminante, en el asiento de atrás, les tapaba fuertemente la boca con la mano y no solamente para que no gritaran, pues, repito, era muy dotado, sino que eso le brindaba algún tipo de goce suplementario, tal vez un signo de la época, tal vez, no. R., no obstante, aseguraba que era el mejor procedimiento (mi amigo era muy estrecho y a pesar de que se moría de ganas de que lo penetraran de una buena vez, nunca había tenido la audacia suficiente o, mejor dicho, el dolor que sentía lo hacía desestimar en el intento ante el primer empujón de otros no tan avezados como este hombre). Primero el hombre le pidió que se la besara, literalmente, digo, y enseguida, con alguna eficacia, lo acomodó en el asiento trasero y allí mismo, con la puerta cerrada y relativamente inmovilizado, se abalanzó sobre su cuerpo y, sin ninguna advertencia, le bajó los pantalones y se la metió de un solo saque, tapándole la boca, como dije, y haciéndole sangrar. “Un puto nuevo”, dice que le dijo, después, limpiándose la pija para que mi amigo, que lloraba, se la besara nuevamente. “Un tipo raro”, pensaba yo mientras lo escuchaba, “pero efectivo”, agregaba mi amigo quien, no obstante, luego de esa experiencia anduvo un largo tiempo sin probar). Otra digresión: Alguna vez, después, me había pedido a mí, precisamente, “ya que somos tan amigos”, a intentarlo de nuevo, “a ver si puedo”. Fuimos a su pensión, una noche, tarde (entramos en silencio, sacándonos las zapatillas para no hacer ruido: un recurso que a lo lejos me produce ternura), y nos desnudamos. R. era algo narigón pero muy lindo, flaco y usaba cabellos largos que lo favorecían, en síntesis, era perfectamente cojible aunque estrecho, claro. Y a pesar de que hice todo lo posible para que disfrutara, no lo logré del todo pues apenas pude con esfuerzo introducirla, mi amigo, quien no podía evitar que le doliera, comenzó a gritar tapándose la cabeza con la almohada: “Acabá, la puta que te parió, acabá”, urgiéndome para terminar su suplicio aunque intentando de todas maneras satisfacerme, lo cual hice, obviamente, con una extraña profusión, y muy adentro. Después nos pasamos toda la noche riéndonos. Con el debido tiempo, R. aprendió. ¡Y vaya si aprendió! Y todas las veces me lo contaba hasta que dejamos de vernos por razones ajenas a nosotros. Y no es extraño que le ocurriera eso, lo de aprender, digo, pues había nacido para el sexo, es decir, le gustaban fervorosamente los hombres, mejor dicho, le gustaba cojer, ni más ni menos, y eso es maravilloso. Y tenía el cuerpo exacto para eso (se desplazaba de manera muy armónica y tenía la cola paradita, elegante) y, cuando todo se acomodó, hizo estragos. Disfrutó de la vida, mucho, en todo sentido y de la parte de atrás, también, y me cuento entre los afortunados de haber gozado de su afecto. Mucho tiempo después murió, como tantos. Siempre me acuerdo de él, con respeto.


 

Continuará.

 
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